II
Hemos pasado inadvertidamente de lo económico a lo psicológico. Al principio nos inclinamos a buscar el patrimonio cultural em los bienes existentes y en las instituciones para su distribución. La conclución de que toda cultura reposa en la imposición coercitiva del trabajo y em la renuncia a los instintos, provocando, por consiguiente, la oposicion de aquellos sobre los cuales recaen tales exigências, nos hace ver claramente que los bienes mismos, los médios para su conquista y las disposiciones para su distribución no puede ser el contenido único, ni siquiera el contenido esencial de la cultura, puesto que se hallan amenazados por la rebeldia y El ansia de destrucción de los participes de la misma. Al lado de los bienes se sitúan ahora los médios necesarios para defender la cultura; esto es, los médios de coerción y los conducentes a reonciliar a los hombres con la cultura y a compensarles sus sacrifícios. Estos últimos médios constituyen lo que pudiéramos considerar como el patrimônio espiritual de la cultura.
Com objeto de mantener cierta regularidad em nuestra nomenclatura, denominaremos interdiccion al hecho de que un instinto no pueda ser satisfecho, prohibición a la institución que marca tal interdicción y privación al estado que la prohibicón trae consigo. Lo más inmediato será establecer una distinción entre aquellas privaciones que afectan a todos los hombres y aquellas otras que sólo recaen sobre grupos, clases o indivíduos determinados. Las primeras son las más antiguas; con las prohibiciones em las que tienen su origen inició la cultura hace muchos milênios el desligamiento del estado animal primitivo. Para nuestra sorpresa, hemos hallado que se mantienen aún em vigor, constituyendo todavia el nódulo de la hostilidad contra la cultura. Los deseos instintivos sobre los que gravitan nacen de nuevo con cada criatura humana. Existe una clase de hombres, los neuróticos, en los que ja estas interdicciones provócan uma reaccion asocial. Tales deseos instintivos son el incesto, el canibalismo y el homicídio. Extranará, quizá, ver reunidos estos deseos instintivos, em cuya condenación aparecen de acuerdo todos los hombres, con aquellos otros sobre cuya permisión o interducción se lucha tan ardientemente en nuestra cultura, pero psiclológicamente está justificado. La actitud cultural ante estos más antiguos deseos instintivos no es tampoco uniforme; tan solo el canibalismo es unánimemente condenado y, salvo para la observación psicoanalitica, parece haber sido dominado por completo. La intensidad de los deseos incestuosos se hace aún sentir detrás de la prohibición, y el homicídio es todavia practicado e incluso ordenado en nuestra cultura bajo determinadas condiciones. Probablemente habrán de sobrevenir nuevas evoluciones de la cultura, en las cuales determinadas satisfacciones de deseos, perfectamente posibles hoy, parecerán tan inadmisibles como hoy la del canibalismo.
Ya en estas más antiguas renuncias al instinto interviene un factor psicológico que integra también suma importancia em todas las ulteriores. Es inexacto que el alma humana no haya realizado progreso alguno desde los tiempos mas primitivos y que, em contraposición a los progresos de la ciência y la técnica, sea hoy la misma que al principio de la Historia. Podemos indicar aquí uno de tales progresos anímicos. Una de las características de nuestra evolución consiste em la transformación paulatina de la coerción externa em coerción interna por la acción de uma especial instancia psíquica del hombre, el super-yo,que ya acogiendo la coerción externa entre sus mandamientos.
En todo nino podemos observar el proceso de esta transformación, que es la que hace de él um ser moral y social. Este robustecimiento del super-yo es uno de los factores culturales psicológicos mas valiosos. Aquellos indivíduos en los cuales ha tenido efecto cesan de ser adversários de la civilización y se convierten em sus mas firmes substratos. Cuanto mayor se a su numero em um sector de cultura, más segura se hallará ésta y antes podrá prescindir de los médios externos de coerción. La medida de esta asimilación de la coerción externa varia mucho según el instinto sobre el cual recaiga la prohibición.
Em cuanto a las exigencias culturales mas antiguas, antes detalladas, parece haber alcanzado – si excluimo a los neuróticos, excepción indeseada – uma gran amplitud. Pero su proporción varia mucho con respecto a los demás instintos. Al volver a ellos nuestra vista, advertimos com sorpresa y alarma que una multitud de indivíduos no obedece a las prohibiciones culturales correspondientes más que bajo la presión de la coerción externa; esto es, sólo mientras tal coerción constituye uma amenaza real e ineludible. Asi sucede muy especialmente en lo que se refere a las llamadas exigencias morales de la civilización, prescritas también por igual a todo individuo. La mayor parte de las transgresiones de que los hombres se hacen culpables lesionan estos precptos. Infinitos hombres civilizados, que retrocederian temerosos ante el homicídio o el incesto, no se privan de satisfacer su codicia, sus impulsos agresivos y sus caprichos sexuales, ni de perjudicar a sus semjantes com la mentira, el fraude y la calumnia, cuando pueden hacerlo sin castigo, y así viene sucediendo, desde sempre, en todas las civilizaciones.
En lo que se refiere a lãs restricciones que solo afectan a determinadas clases sociales, la situación se nos muestra claramente y no ha sido nunca un secreto para nadie. Es de suponer que estas clases postergadas envidiarán a las favorecidas sus privilegios y harán todo lo posible por libertarse Del incremento especial de privación que sobre ellas pesa. Donde no lo consigan, surgirá en la civilización correspondiente un descontento duradero que podrá conducir a peligrosas rebeliones. Pero cuando una civilización no la logrado evitar que la satisfación de un cierto numero de sus participes tenga como premisa la opresión de otros, de la mayoria quizá – y así sucede en todas las civilizaciones actuales -, es comprensible que los oprimidos desarrollen una intensa hostilidad contra la civilización que ellos mismos sostienen con su trabajo, pero de cuyos bienes no participan sino muy poco. En este caso no puede esperarse por parte de los oprimidos una asimilación de las prohibiciones culturales,pues, por el contrario, se negarán a reconocerlas, tenderián a destruir la civilización misma y eventualmente a suprimir sus premisas. La hostilidad de estas clases sociales contra la civilización es tan patente, que há monopolizado la atención de los observadores, impidiéndoles ver la que latentemente abrigan también las otras capas sociales más favorecidas. No hace falta decir que una cultura que deja insatisfecho a un núcleo tan considerable de sus participes y los incita a la rebelión no puede durar mucho tiempo, ni tampoco lo merece.
El grado de asimilación de los preceptos culturales – o dicho de um modo popular y nada psicológico: el nível moral de los participes de una civilización – no es el único patrimonio espiritual que ha de tenerse en cuenta para valorar la civilización de que se trate. Ha de atenderse también a su acervo de ideales y a su producción artística; esto es, a las satisfacciones extraídas de estas dos fuentes.
Nos inclinaremos demasiado facilmente a incluir entre los bienes espirituales de una civilización sus ideales; esto es, valoraciones que determinan en ella cuáles son los rendimientos más elevados a los que deberá aspirarse.
Al principio parece que estos ideales son los que han determinado y determinán los rendimientos de la civilización correspondiente, pero no tardamos em advertir que, en realidad, sucede todo lo contrario: los ideales quedan forjados como uma secuela de los primeros rendimientos obtenidos por la acción conjunta de las dotes intrínsecas de una civilización y las circunstancias externas, y estos primeros rendimientos son retenidos ya por el ideal para ser continuados. Así, pues, la satisfación que el ideal procura a los participes de uma civlización es de naturaleza narcisista y reposa en el orgullo del rendimiento obtenido. Para ser completa precisa de la comparación con otras civilizaciones que han tendido hacia resultados distintos y han desarrollado ideales diferentes. De este modo, los ideales culturales se convierten en motivo de discórdia y hostilidad entre los distintos sectores civilizados, como se hace patente entre las naciones.
La satisfacción narcisista, extraída Del ideal cultural, es uno de los poderes que com mayor éxito actúan en contra de la hostilidad adversa a la civilización, dentro de cada sector civilizado. No sólo las clases favorecidas que gozan de los benefícios de la civilización correspondiente , sino también las oprimidas, participan de tal satisfacción, en cuanto el derecho a despreciar a los que no pertencen a su civilización, les compensa de las imitaciones que la misma se impone a ellos. Cayo es um misero plebeyo agobiado por los tributos y lãs prestaciones personales, pero es también um romano, y participa como tal en la magna empresa de dominar a otras naciones e imponerles leyes. Esta identificación de los oprimidos con la clase que los oprime y los explota no es, sin embargo,más que un fragmento de uma más amplia tatalidad, pues, además, los oprimidos pueden sentirse efectivamente ligados a los opresores y, a pesar de su hostilidad, ver en sus amos su ideal. Si no existieran estas relaciones, satisfactorias en el fondo, seria incomprensible que ciertas civilizaciones se hayan conservado tanto tiempo, a pesar de la justificada hostilidad de grandes masas de hombres.
La satisfacción que el parte procura a los participes de una civilización es muy distinta, aunque, por lo general, permanece inasequible a las masas, absorvidas por el trabajo agotador y poco preparadas por la educación. Como ya sabemos, el arte ofrece satisfacciones sustitutivas compensadoras de las primeras y más antiguas renuncias impuestas por la civilización al individuo – las mas hondamente sentidas aún -, y de este modo es lo único que consigue reconciliarle com sus sacrifícios. Pero, además, las creaciones del arte intensifican los sentimientos de identificación, de los que tanto precisa todo secrtor civilizado, ofreciendo ocasiones de experimentar colectivamente sensaciones elevadas. Por ultimo, contribuyen también a la satisfacción narcisista cuando representan el rendimiento de uma civilización especial y expresan em forma impresionante sus ideales.
No hemos citado aún el elemento mas importante del inventario psíquico de una civilización. Nos referimos a sus representaciones religiosas – em el más amplio sentido – o, con otras palabras que más tarde justificaremos, a sus ilusiones.
POLÍCIA CIVIL DO ESTADO DO PARANÁ
segunda-feira, 11 de janeiro de 2010
domingo, 10 de janeiro de 2010
EL PORVENIR DE UNA ILUSION - SIGMUND FREUD
1927
El porvenir de uma ilusión fue publicada e, 1927 por el Internationaler Psychoanalitischer Verlag (Leipzig, Viena y Zurich). Posteriormente ha sido incluída por la misma Casa editorial em la edicion de lás Obras completas de Freud (tomo II).
I
Todo aquel que ha vivido largo tiempo dentro de una determinada cultura y se ha planteado repetidamente el problema de cuáles fueron los orígenes y la trayectoria evolutiva de la misma, acaba por ceder también alguna vez a la tentación de orientar su mirada em sentido opuesto y preguntarse cuáles serán los destinos futuros de tal cultura y por qué avatares habrá
aún de pasar. No tardamos, sin embargo, em advertir que ya el valor inicial de tal investigación queda considerablemente disminuido por la acción de varios factores. Ante todo, son muy pocas las personas capaces de uma vision total de la actividad humana em sus múltiples modalidades. La inmensa mayoria de los hombres se ha visto obligada a limitarse a escasos sectores o incluso a uno solo. Y cuanto menos sabemos del pasado y del presente, tanto más inseguro habrá de ser nuestro juicio sobre el porvenir. Pero, además, precisamente em la formación de este juicio intervienen, en un grado muy difícil de precisar, las esperanzas subjetivas individuales, las cuales dependen, a su vez, de factores puramente personales, esto es, de la experiência de cada uno y de su actitud más o menos optimista ante la vida, determinada por el temperamento, el éxito o el fracaso. Por último, ha de tenerse también en cuenta el hecho singular de que los hombres viven, em general, el presente con una cierta ingenuidad; esto es, sin poder llegar a valorar exactamente sus contenidos. Para ello tienen que considerarlo a distancia, lo cual supone que el presente ha de haberse convertido em pretérito para que podamos hallar em él puntos de apoyo em que basar un juicio sobre el porvenir.
Así, pues, al ceder a la tentación de pronunciarnos sobre el porvenir probable de nuestra cultura, obraremos prudentemente teniendo en cuenta los reparos antes indicados al mismo tiempo que la inseguridad inherente a toda predicción. Por lo que a mi respecta, tales consideraciones me llevarán a aparterme rápidamente de la magna labor total y a refugiarme en el pequeno sector parcial al que hasta ahora he consagrado mi atención, limitándome a fijar previamente su situación dentro de la totalidad.
La cultura humana – entendidendo por tal modo aquello en que la vida humana ha superado sus condiciones zoológicas y se distingue de la vida de los animales, y desdenando establecer entre los conceptos de cultura y civilización separación alguna -; la cultura humana, repetimos, muestra, como es sabido, al observador dos distintos aspectos. Por un lado, comprende todo el saber y el poder conquistados por los hombres para llegar a dominar las fuerzas de la Naturaleza y extraer los bienes naturales con que satisfacer ls necesidades humanas, y por outro, todas las relaciones de los hombres entre sí y muy especialmente la distribución de los bienes naturales alcanzables. Estas dos direcciones de la cultura no son independientes uma de outra, em primer lugar, porque la medida en que los bienes existentes consienten la satisfacción de los instintos ejerce profunda influencia sobre las relaciones de los hombres entre sí; en segundo, porque tambien él hombre mismo, individualmente considerado, puede representar un bien natural para outro en cuanto este utiliza su capacidad de trabajo o hace de él su objeto sexual. Pero, además, porque cada individuo es virtualmente um enemigo de la civilización, a pesar de tener que reconocer su general interes humano. Se da, en efecto, el hecho singular de que los hombres, no obstante serles imposible existir en el aislamiento, sienten como um peso intolerable los sacrifícios que la civilización les impone para hacer posible la vida em común. Así, pues, la cultura ha de ser defendida contra el individuo, y a esta defensa responden todos sus mandamientos, organizaciones e instituciones, los cuales no tienen tan sólo por objeto efectuar uma determinada distribución de los bienes naturales, sino también mantenerla e incluso defender contra los impulsos hostiles de los hombres los medios existentes para el domínio de la Naturaleza y la producción de bienes. Las creaciones de los hombres son fáciles de destruir, y la ciência y la técnica por ellos edificada pueden tambien ser utilizadas par su destrucción.
Experimentamos así la impresión de que la civilización es algo que fue impuesto a uma mayoria contraria a ella por una minoria que supo apoderarse de los médios de poder y de coerción. Luego no es aventurado suponer que estas dificultades no son inherentes a la esencia misma de la cultura, sino que dependen de las imperfecciones de las formas de cultura desarrolladas hasta ahora. Es fácil, en efecto, senalar tales imperfecciones. Mientras que em el domínio de la Naturaleza ha realizado la Humanidad contínuos progresos y puede esperarlos aún mayores, no puede hablarse de un progreso análogo em la regulación de las relaciones humanas., y probablemente en todas las épocas, como de nuevo ahora, se han preguntado muchos hombres si esta parte de las conquistas culturales merece, em general, ser defendida. Puede creerse en la posibilidad de una nueva regulación de las relaciones humanas, que cegará las fuentes del descontento ante la cultura, renunciando a la coerción y a la yugulación de los instintos, de manera que los hombres puedan consagrarde, sin ser pertubados por la discórdia interior, a la adquisición y la disfrute de los bienes terrenos. Esto seria la edad de oro,pero es muy dudoso que pueda llegarse a ello. Parece, más bien, que toda la civilización há de basarse sobre la coerción y la renuncia a los instintos, y ni siquiera puede asegurarse que al desaparecer la coerción se mostrarse dispuesta la mayoria de los indivíduos humanos a tomar sobre sí la labor necesaria para la adquisición de nuevos bienes. A mi juicio, ha de contarse con el hecho de que todos los hombres integran tendências destructoras – antisociales y anticulturales – y que em gran numero de personas tales tendências son bastante poderosas para determinar su conducta en la sociedad humana.
Este hecho psicológico presenta um sentido decisivo para el enjuiciamineto de la cultura humana. En um principio pudimos creer que su función esencial era el domínio de la Naturaleza para la conquista de los bienes vitales y que los peligros que la amenazan podian ser evitados por médio de una adecuada distribución de dichos bienes entre los hombres. Mas ahora vemos desplazado el nódulo de la cuestion desde lo material a lo anímico. Lo decisivo está em si es posible aminorar, y em qué medida, los sacrifícios impuestos a los hombres em cuanto a la renuncia a la satisfacción de sus instintos, conciliarlos com aquellos que continúen siendo necesarios y compensarles de ellos. El domínio de la masa por una minoria seguirá demonstrandose siempre tan imprescindible como la imposición coercitiva de la labor cultural, pues las masas son perezosas e ignorantes, no admiten gustosas la renuncia al instinto, siendo útiles cuantos argumentos se aduzcan para convencerlas de lo inevitable de tal renuncia, y sus indivíduos se apoyan unos a otros en la tolerancia de su desenfreno. Unicamente la influencia de indivíduos ejemplares a los que reconocen como conductores puede moverlas a aceptar aquellos esfuerzos y privaciones imprescindibles para la perduración de la cultura. Tudo irá entences bien mientras que tales conductores sean personas que posean un profundo conocimiento de las necesidades de la vida y que se hayan elevado hasta el domínio de sus propios deseos instintivos. Pero existe el peligro de que para conservar su influjo hagan a las masas mayores concesiones que éstas a ellos, y por tanto, parece necesario que la posesión de médios de poder los haga independientes de la colectividad. Em resumen: el hecho de que sólo mediante cierta coerción puedan ser mantenidas las instituciones culturales es imputable a dos circunstancias ampliamente difundidas entre los hombres: la falta de amor al trabajo y la ineficácia de los argumentos contra las pasiones.
Sé de antemano la objeción que se opondrá a estas afirmaciones. Se dirá que la condición que acabamos de atribuir a las colectividades humanas, y em la que vemos una prueba de la necesidad de una coerción que impogna la labor cultural, no es por si misma sino uma consecuencia de la existencia de instituciones culturales defectuosas que han exasperado a los hombres haciéndolos vengativos e inasequibles. Nuevas generaciones, educadas con amor y em la más alta estimación del pensamiento, que hayan experimentado desde muy temprano los benefícios de la cultura, adoptarán también una distinta actitud ante ella, la considerarán como su más preciado patrimonio y estarán dispuestas a realizar todos aquellos sacrifícios necesarios para su perduración, tanto em trabajo como em renuncia a la satisfacción de los instintos. Harán innecesaria la coerción y se diferenciarán muy poco de sus conductores. Si hasta ahora no ha habido em ninguna cultura colectividades humanas de esta condición, ello se debe a que ninguna cultura ha acertado aún con instituciones capaces de influir sobre los hombres en tal sentido y precisamente desde su infância.
Podemos preguntarnos si nuestro domínio sobre la Naturaleza permite ya, o permitirá algún dia, el establecimiento de semejantes instituciones culturales, e igualmente de donde habrán de surgir aquellos hombres superiores, prudentes y desinteresasos que hayan de actuar como conductores de las masas y educadores de las generaciones futuras. Puede intimidarnos la magna coerción inevitable para la consecución de estos propósitos. Pero no podemos negar la grandeza del proyecto ni su importancia para el porvenir de la cultura humana. Se nos muestra basado en el hecho psicológico de que el hombre integra las más diversas disposiciones instintivas, cuya orientación definitiva es determinada por las tempranas experiências infantiles. De este modo, los limites de la educabilidad del hombre supondrán también los de la eficacia de tal transformación cultural. Podemos preguntarnos si um distinto ambiente cultural puede llegar a extinguir, y em qué medida, los dos caracteres de las colectividades humanas antes senaladas, que tanto dificultan su conducción. Tal experimento está aún por hacer. Probablemente cierto tanto por ciento de la Humanidad permanecera siempre asocial, a consecuencia de una disposición patológica o de una exagerada energia de los instintos. Pero si se consigue reducir a una minoria la actual mayoria hostil a la cultura, se habrá alcanzado mucho, quizá todo lo posible.
No quisiera despertar la impresión de haberme desviado mucho del camino prescrito a mi investigación y, por tanto, he de afirmar explicitamente que no me he propuesto en absoluto enjuiciar el gran experimento de cultura emprendido actualmente en el amplio território situado entre Europa y Asia. Carezco de conocimiento suficiente de la cuestión y de capacidad para pronunciarme sobre sus posibilidades, contrastar la adecuación de los métodos aplicados a estimar la magnitud del abismo inevitable entre el propósito y la realización. Lo que alli se prepara, inacabado aún, elude, como tal, una precisa observación, a la cual ofrece, en cambio, rica matéria nuestra cultura, consolidada hace ya largo tiempo.
El porvenir de uma ilusión fue publicada e, 1927 por el Internationaler Psychoanalitischer Verlag (Leipzig, Viena y Zurich). Posteriormente ha sido incluída por la misma Casa editorial em la edicion de lás Obras completas de Freud (tomo II).
I
Todo aquel que ha vivido largo tiempo dentro de una determinada cultura y se ha planteado repetidamente el problema de cuáles fueron los orígenes y la trayectoria evolutiva de la misma, acaba por ceder también alguna vez a la tentación de orientar su mirada em sentido opuesto y preguntarse cuáles serán los destinos futuros de tal cultura y por qué avatares habrá
aún de pasar. No tardamos, sin embargo, em advertir que ya el valor inicial de tal investigación queda considerablemente disminuido por la acción de varios factores. Ante todo, son muy pocas las personas capaces de uma vision total de la actividad humana em sus múltiples modalidades. La inmensa mayoria de los hombres se ha visto obligada a limitarse a escasos sectores o incluso a uno solo. Y cuanto menos sabemos del pasado y del presente, tanto más inseguro habrá de ser nuestro juicio sobre el porvenir. Pero, además, precisamente em la formación de este juicio intervienen, en un grado muy difícil de precisar, las esperanzas subjetivas individuales, las cuales dependen, a su vez, de factores puramente personales, esto es, de la experiência de cada uno y de su actitud más o menos optimista ante la vida, determinada por el temperamento, el éxito o el fracaso. Por último, ha de tenerse también en cuenta el hecho singular de que los hombres viven, em general, el presente con una cierta ingenuidad; esto es, sin poder llegar a valorar exactamente sus contenidos. Para ello tienen que considerarlo a distancia, lo cual supone que el presente ha de haberse convertido em pretérito para que podamos hallar em él puntos de apoyo em que basar un juicio sobre el porvenir.
Así, pues, al ceder a la tentación de pronunciarnos sobre el porvenir probable de nuestra cultura, obraremos prudentemente teniendo en cuenta los reparos antes indicados al mismo tiempo que la inseguridad inherente a toda predicción. Por lo que a mi respecta, tales consideraciones me llevarán a aparterme rápidamente de la magna labor total y a refugiarme en el pequeno sector parcial al que hasta ahora he consagrado mi atención, limitándome a fijar previamente su situación dentro de la totalidad.
La cultura humana – entendidendo por tal modo aquello en que la vida humana ha superado sus condiciones zoológicas y se distingue de la vida de los animales, y desdenando establecer entre los conceptos de cultura y civilización separación alguna -; la cultura humana, repetimos, muestra, como es sabido, al observador dos distintos aspectos. Por un lado, comprende todo el saber y el poder conquistados por los hombres para llegar a dominar las fuerzas de la Naturaleza y extraer los bienes naturales con que satisfacer ls necesidades humanas, y por outro, todas las relaciones de los hombres entre sí y muy especialmente la distribución de los bienes naturales alcanzables. Estas dos direcciones de la cultura no son independientes uma de outra, em primer lugar, porque la medida en que los bienes existentes consienten la satisfacción de los instintos ejerce profunda influencia sobre las relaciones de los hombres entre sí; en segundo, porque tambien él hombre mismo, individualmente considerado, puede representar un bien natural para outro en cuanto este utiliza su capacidad de trabajo o hace de él su objeto sexual. Pero, además, porque cada individuo es virtualmente um enemigo de la civilización, a pesar de tener que reconocer su general interes humano. Se da, en efecto, el hecho singular de que los hombres, no obstante serles imposible existir en el aislamiento, sienten como um peso intolerable los sacrifícios que la civilización les impone para hacer posible la vida em común. Así, pues, la cultura ha de ser defendida contra el individuo, y a esta defensa responden todos sus mandamientos, organizaciones e instituciones, los cuales no tienen tan sólo por objeto efectuar uma determinada distribución de los bienes naturales, sino también mantenerla e incluso defender contra los impulsos hostiles de los hombres los medios existentes para el domínio de la Naturaleza y la producción de bienes. Las creaciones de los hombres son fáciles de destruir, y la ciência y la técnica por ellos edificada pueden tambien ser utilizadas par su destrucción.
Experimentamos así la impresión de que la civilización es algo que fue impuesto a uma mayoria contraria a ella por una minoria que supo apoderarse de los médios de poder y de coerción. Luego no es aventurado suponer que estas dificultades no son inherentes a la esencia misma de la cultura, sino que dependen de las imperfecciones de las formas de cultura desarrolladas hasta ahora. Es fácil, en efecto, senalar tales imperfecciones. Mientras que em el domínio de la Naturaleza ha realizado la Humanidad contínuos progresos y puede esperarlos aún mayores, no puede hablarse de un progreso análogo em la regulación de las relaciones humanas., y probablemente en todas las épocas, como de nuevo ahora, se han preguntado muchos hombres si esta parte de las conquistas culturales merece, em general, ser defendida. Puede creerse en la posibilidad de una nueva regulación de las relaciones humanas, que cegará las fuentes del descontento ante la cultura, renunciando a la coerción y a la yugulación de los instintos, de manera que los hombres puedan consagrarde, sin ser pertubados por la discórdia interior, a la adquisición y la disfrute de los bienes terrenos. Esto seria la edad de oro,pero es muy dudoso que pueda llegarse a ello. Parece, más bien, que toda la civilización há de basarse sobre la coerción y la renuncia a los instintos, y ni siquiera puede asegurarse que al desaparecer la coerción se mostrarse dispuesta la mayoria de los indivíduos humanos a tomar sobre sí la labor necesaria para la adquisición de nuevos bienes. A mi juicio, ha de contarse con el hecho de que todos los hombres integran tendências destructoras – antisociales y anticulturales – y que em gran numero de personas tales tendências son bastante poderosas para determinar su conducta en la sociedad humana.
Este hecho psicológico presenta um sentido decisivo para el enjuiciamineto de la cultura humana. En um principio pudimos creer que su función esencial era el domínio de la Naturaleza para la conquista de los bienes vitales y que los peligros que la amenazan podian ser evitados por médio de una adecuada distribución de dichos bienes entre los hombres. Mas ahora vemos desplazado el nódulo de la cuestion desde lo material a lo anímico. Lo decisivo está em si es posible aminorar, y em qué medida, los sacrifícios impuestos a los hombres em cuanto a la renuncia a la satisfacción de sus instintos, conciliarlos com aquellos que continúen siendo necesarios y compensarles de ellos. El domínio de la masa por una minoria seguirá demonstrandose siempre tan imprescindible como la imposición coercitiva de la labor cultural, pues las masas son perezosas e ignorantes, no admiten gustosas la renuncia al instinto, siendo útiles cuantos argumentos se aduzcan para convencerlas de lo inevitable de tal renuncia, y sus indivíduos se apoyan unos a otros en la tolerancia de su desenfreno. Unicamente la influencia de indivíduos ejemplares a los que reconocen como conductores puede moverlas a aceptar aquellos esfuerzos y privaciones imprescindibles para la perduración de la cultura. Tudo irá entences bien mientras que tales conductores sean personas que posean un profundo conocimiento de las necesidades de la vida y que se hayan elevado hasta el domínio de sus propios deseos instintivos. Pero existe el peligro de que para conservar su influjo hagan a las masas mayores concesiones que éstas a ellos, y por tanto, parece necesario que la posesión de médios de poder los haga independientes de la colectividad. Em resumen: el hecho de que sólo mediante cierta coerción puedan ser mantenidas las instituciones culturales es imputable a dos circunstancias ampliamente difundidas entre los hombres: la falta de amor al trabajo y la ineficácia de los argumentos contra las pasiones.
Sé de antemano la objeción que se opondrá a estas afirmaciones. Se dirá que la condición que acabamos de atribuir a las colectividades humanas, y em la que vemos una prueba de la necesidad de una coerción que impogna la labor cultural, no es por si misma sino uma consecuencia de la existencia de instituciones culturales defectuosas que han exasperado a los hombres haciéndolos vengativos e inasequibles. Nuevas generaciones, educadas con amor y em la más alta estimación del pensamiento, que hayan experimentado desde muy temprano los benefícios de la cultura, adoptarán también una distinta actitud ante ella, la considerarán como su más preciado patrimonio y estarán dispuestas a realizar todos aquellos sacrifícios necesarios para su perduración, tanto em trabajo como em renuncia a la satisfacción de los instintos. Harán innecesaria la coerción y se diferenciarán muy poco de sus conductores. Si hasta ahora no ha habido em ninguna cultura colectividades humanas de esta condición, ello se debe a que ninguna cultura ha acertado aún con instituciones capaces de influir sobre los hombres en tal sentido y precisamente desde su infância.
Podemos preguntarnos si nuestro domínio sobre la Naturaleza permite ya, o permitirá algún dia, el establecimiento de semejantes instituciones culturales, e igualmente de donde habrán de surgir aquellos hombres superiores, prudentes y desinteresasos que hayan de actuar como conductores de las masas y educadores de las generaciones futuras. Puede intimidarnos la magna coerción inevitable para la consecución de estos propósitos. Pero no podemos negar la grandeza del proyecto ni su importancia para el porvenir de la cultura humana. Se nos muestra basado en el hecho psicológico de que el hombre integra las más diversas disposiciones instintivas, cuya orientación definitiva es determinada por las tempranas experiências infantiles. De este modo, los limites de la educabilidad del hombre supondrán también los de la eficacia de tal transformación cultural. Podemos preguntarnos si um distinto ambiente cultural puede llegar a extinguir, y em qué medida, los dos caracteres de las colectividades humanas antes senaladas, que tanto dificultan su conducción. Tal experimento está aún por hacer. Probablemente cierto tanto por ciento de la Humanidad permanecera siempre asocial, a consecuencia de una disposición patológica o de una exagerada energia de los instintos. Pero si se consigue reducir a una minoria la actual mayoria hostil a la cultura, se habrá alcanzado mucho, quizá todo lo posible.
No quisiera despertar la impresión de haberme desviado mucho del camino prescrito a mi investigación y, por tanto, he de afirmar explicitamente que no me he propuesto en absoluto enjuiciar el gran experimento de cultura emprendido actualmente en el amplio território situado entre Europa y Asia. Carezco de conocimiento suficiente de la cuestión y de capacidad para pronunciarme sobre sus posibilidades, contrastar la adecuación de los métodos aplicados a estimar la magnitud del abismo inevitable entre el propósito y la realización. Lo que alli se prepara, inacabado aún, elude, como tal, una precisa observación, a la cual ofrece, en cambio, rica matéria nuestra cultura, consolidada hace ya largo tiempo.
sábado, 9 de janeiro de 2010
Jantar de Aniversário da CONSEG

A ACIAA durante a cerimônia recebeu o troféu Rubens Recalcatti por duas vezes, a primeira enquanto entidade e o segundo pela Presidente Rosa Tanaka Zelaga, pelo incentivo ao Conselho e trabalhos voltados para segurança pública em nosso município. Numa homenagem emocionante, contando a história das Rosas, o CONSEG homenageou a presidente, que emocionada recebeu seu troféu das mãos do grande homenageado da noite Dr. Rubens Recalcatti. Dentre os homenageados estiveram: Guarda Municipal, Policia Militar, Prefeitura Municipal de Araucária, Petrobrás, Adair Milani - Diretor GM, Sr. Francisco Carlos Ribeiro - Petrobrás e Araucária TC. Na ocasião foi dado ao Delegado Rubens Recalcatti o título de Patrono do CONSEG Araucária. Muitas empresas patrocinaram o evento, as quais o CONSEG agradece.
SOLUCIONANDO CASOS
Delegacia de Araucária soluciona sete dos oito últimos homicídios
Data 23/05/2008 - 15:48 | Assunto: Solução
A delegacia de Araucária solucionou sete dos oito casos de homicídio, ocorridos nos últimos quarenta dias. Os crimes aconteceram por motivos diversos, como desavenças pessoais e tráfico de drogas e os autores foram detidos ou indiciados. “Desde que assumi a delegacia, no início de abril, registramos oito homicídios. Em tempo recorde, praticamente todos os seus autores foram identificados, com indiciamentos nos respectivos inquéritos policiais”, contou o delegado Rubens Recalcatti, titular da delegacia. Apenas em um dos casos falta a identificação completa dos assassinos.
A delegacia de Araucária solucionou sete dos oito casos de homicídio, ocorridos nos últimos quarenta dias. Os crimes aconteceram por motivos diversos, como desavenças pessoais e tráfico de drogas e os autores foram detidos ou indiciados. “Desde que assumi a delegacia, no início de abril, registramos oito homicídios. Em tempo recorde, todos os seus autores foram identificados com indiciamentos nos respectivos inquéritos policiais”, contou o delegado Rubens Recalcatti, titular da delegacia. De acordo com o delegado, em 12 de abril, na PR-423, Colônia Cristina, foi encontrado o Monza placa ADJ0-8716 e no porta-malas, o corpo do músico Daniel da Cruz, 29 anos, enrolado em um lençol azul. “Ele teria sido assassinado por um adolescente de 16 anos, filho da amásia de Cruz. O músico teria brigado com a mulher e, posteriormente, discutido com o garoto”. No dia 16, o adolescente foi conduzido à delegacia de Araucária e, de acordo com a polícia, confessou ter assassinado Cruz com tiros e facadas. Alessandro Stadler, conhecido como “Peixe”, 22, foi assassinado no bairro Estação, às 7h de 23 de abril. Os policiais identificaram e prenderam Carlos Henrique Teixeira, o “Coquinho”, suspeito de ser o autor do assassinato. Teixeira foi autuado ainda por porte de arma. “Possivelmente é a arma utilizada para matar Stadler e que estamos analisando essa suspeita”, afirmou Recalcatti. De acordo com a polícia, o preso já possuía antecedentes criminais. “Apuramos que ele também foi autor do assassinato de Zaqueu Vaz, 24, ocorrido no Jardim Alvoredo, antes de minha equipe assumir a delegacia”, completou. Em 15 de maio, no Jardim Iguaçu, Amerson Ribeiro Santiago, 34, foi assassinado ao lado de sua casa. Seu sobrinho, Jhonatan Aparecido da Silva, 20, também foi atingido por disparos e permanece internado no Hospital do Trabalhador. “Nas investigações apuramos que o autor dos disparos foi Jéferson Acácio da Silva, conhecido como ‘Pica-Pau’, 22. O crime aconteceu por causa do envolvimento de Silva com a filha de 13 anos de Amerson”, contou o delegado. Silva ainda é procurado pela polícia. DUPLO – Na madrugada de 16 de maio, no Jardim Industrial, foram assassinados por disparos de arma de fogo os adolescentes Rafael Oliveira de Lima, 16, e Raul Veroneze, 17, quando andavam na rua. Nas investigações a polícia apurou que o autor do duplo assassinato foi Vivaldo Batista Antunes, conhecido como “Sagüi”, que já era indiciado por outra tripla tentativa de homicídio e tem mandado de prisão em aberto. “Antunes conseguiu fugir dos policiais no local onde trabalhava, por causa da falta de apoio dos responsáveis pela empresa, que dificultaram nosso acesso. Não apuramos nenhum motivo concreto para o assassinato dos dois”, disse Recalcatti. Anderson Gross, conhecido como “Dorso”, 23, foi morto na madrugada de 18 de maio, no Jardim Tupy, por uma bicicleta que teria furtado. “Gross discutia com um rapaz por causa da bicicleta, quando Natanael Rodrigues dos Santos, 39, pai desse rapaz, atirou em Gross”, contou Recalcatti. Santos foi indiciado pela autoria do disparo. Ele se apresentou na delegacia, foi ouvido, indiciado e liberado e a polícia pediu sua prisão preventiva. No Jardim Ipê, na madrugada de 20 de maio, Wesley Pereira Barros, 22, foi morto com um tiro no rosto. Segundo a polícia, o assassinato ocorreu, porque Barros era usuário de drogas e, possivelmente, estaria com dívidas. Descobrimos que quem atirou em Barros foi Jonatas Gauss Godoi, 26. “Ele foi identificado, indiciado, liberado e estamos solicitando sua prisão preventiva”, disse o delegado. A arma do crime, uma pistola calibre 380, com numeração raspada, foi apresentada pelo advogado à polícia. PROCURADO – O único caso em que os assassinos não foram completamente identificados aconteceu em 12 de maio. Em um barraco na invasão Arvoredo, um homem identificado como Ailton Sampaio da Silva, 45, foi morto a tiros. “Este é o único dos últimos homicídios que ainda estamos investigando. Porém, já sabemos que um homem conhecido como “Baianinho” teria sido o matador e teve como comparsa outro indivíduo, apelidado de “Ranho”, que possui uma moto com tanque branco”, relatou Recalcatti. No dia seis de maio a polícia prendeu Claudinei de Souza, o Nei, e Gabriel H. Viepz, que, de acordo com o delegado Recalcatti, confessaram a autoria do assassinato de Juliano Matos, ocorrido em Piraquara, em 10 de abril, por desavenças pessoais. “Nossa delegacia vai tentar identificar agora autores de homicídios passados, como o de Edenilson Soares, oriundo de Vilhena (RO) e assassinado na zona rural de Araucária. Ele tem ligação com a ‘Chacina do Tatuquara’, em que foram mortas três mulheres, uma delas irmã de Edenilson”, concluiu Recalcatti.
Está notícia foi publicada no SESP - Secretaria de Estado da Segurança Pública do Paraná
http://www.seguranca.pr.gov.br
Endereço desta notícia:
http://www.seguranca.pr.gov.br/modules/noticias/article.php?storyid=438
Data 23/05/2008 - 15:48 | Assunto: Solução
A delegacia de Araucária solucionou sete dos oito casos de homicídio, ocorridos nos últimos quarenta dias. Os crimes aconteceram por motivos diversos, como desavenças pessoais e tráfico de drogas e os autores foram detidos ou indiciados. “Desde que assumi a delegacia, no início de abril, registramos oito homicídios. Em tempo recorde, praticamente todos os seus autores foram identificados, com indiciamentos nos respectivos inquéritos policiais”, contou o delegado Rubens Recalcatti, titular da delegacia. Apenas em um dos casos falta a identificação completa dos assassinos.
A delegacia de Araucária solucionou sete dos oito casos de homicídio, ocorridos nos últimos quarenta dias. Os crimes aconteceram por motivos diversos, como desavenças pessoais e tráfico de drogas e os autores foram detidos ou indiciados. “Desde que assumi a delegacia, no início de abril, registramos oito homicídios. Em tempo recorde, todos os seus autores foram identificados com indiciamentos nos respectivos inquéritos policiais”, contou o delegado Rubens Recalcatti, titular da delegacia. De acordo com o delegado, em 12 de abril, na PR-423, Colônia Cristina, foi encontrado o Monza placa ADJ0-8716 e no porta-malas, o corpo do músico Daniel da Cruz, 29 anos, enrolado em um lençol azul. “Ele teria sido assassinado por um adolescente de 16 anos, filho da amásia de Cruz. O músico teria brigado com a mulher e, posteriormente, discutido com o garoto”. No dia 16, o adolescente foi conduzido à delegacia de Araucária e, de acordo com a polícia, confessou ter assassinado Cruz com tiros e facadas. Alessandro Stadler, conhecido como “Peixe”, 22, foi assassinado no bairro Estação, às 7h de 23 de abril. Os policiais identificaram e prenderam Carlos Henrique Teixeira, o “Coquinho”, suspeito de ser o autor do assassinato. Teixeira foi autuado ainda por porte de arma. “Possivelmente é a arma utilizada para matar Stadler e que estamos analisando essa suspeita”, afirmou Recalcatti. De acordo com a polícia, o preso já possuía antecedentes criminais. “Apuramos que ele também foi autor do assassinato de Zaqueu Vaz, 24, ocorrido no Jardim Alvoredo, antes de minha equipe assumir a delegacia”, completou. Em 15 de maio, no Jardim Iguaçu, Amerson Ribeiro Santiago, 34, foi assassinado ao lado de sua casa. Seu sobrinho, Jhonatan Aparecido da Silva, 20, também foi atingido por disparos e permanece internado no Hospital do Trabalhador. “Nas investigações apuramos que o autor dos disparos foi Jéferson Acácio da Silva, conhecido como ‘Pica-Pau’, 22. O crime aconteceu por causa do envolvimento de Silva com a filha de 13 anos de Amerson”, contou o delegado. Silva ainda é procurado pela polícia. DUPLO – Na madrugada de 16 de maio, no Jardim Industrial, foram assassinados por disparos de arma de fogo os adolescentes Rafael Oliveira de Lima, 16, e Raul Veroneze, 17, quando andavam na rua. Nas investigações a polícia apurou que o autor do duplo assassinato foi Vivaldo Batista Antunes, conhecido como “Sagüi”, que já era indiciado por outra tripla tentativa de homicídio e tem mandado de prisão em aberto. “Antunes conseguiu fugir dos policiais no local onde trabalhava, por causa da falta de apoio dos responsáveis pela empresa, que dificultaram nosso acesso. Não apuramos nenhum motivo concreto para o assassinato dos dois”, disse Recalcatti. Anderson Gross, conhecido como “Dorso”, 23, foi morto na madrugada de 18 de maio, no Jardim Tupy, por uma bicicleta que teria furtado. “Gross discutia com um rapaz por causa da bicicleta, quando Natanael Rodrigues dos Santos, 39, pai desse rapaz, atirou em Gross”, contou Recalcatti. Santos foi indiciado pela autoria do disparo. Ele se apresentou na delegacia, foi ouvido, indiciado e liberado e a polícia pediu sua prisão preventiva. No Jardim Ipê, na madrugada de 20 de maio, Wesley Pereira Barros, 22, foi morto com um tiro no rosto. Segundo a polícia, o assassinato ocorreu, porque Barros era usuário de drogas e, possivelmente, estaria com dívidas. Descobrimos que quem atirou em Barros foi Jonatas Gauss Godoi, 26. “Ele foi identificado, indiciado, liberado e estamos solicitando sua prisão preventiva”, disse o delegado. A arma do crime, uma pistola calibre 380, com numeração raspada, foi apresentada pelo advogado à polícia. PROCURADO – O único caso em que os assassinos não foram completamente identificados aconteceu em 12 de maio. Em um barraco na invasão Arvoredo, um homem identificado como Ailton Sampaio da Silva, 45, foi morto a tiros. “Este é o único dos últimos homicídios que ainda estamos investigando. Porém, já sabemos que um homem conhecido como “Baianinho” teria sido o matador e teve como comparsa outro indivíduo, apelidado de “Ranho”, que possui uma moto com tanque branco”, relatou Recalcatti. No dia seis de maio a polícia prendeu Claudinei de Souza, o Nei, e Gabriel H. Viepz, que, de acordo com o delegado Recalcatti, confessaram a autoria do assassinato de Juliano Matos, ocorrido em Piraquara, em 10 de abril, por desavenças pessoais. “Nossa delegacia vai tentar identificar agora autores de homicídios passados, como o de Edenilson Soares, oriundo de Vilhena (RO) e assassinado na zona rural de Araucária. Ele tem ligação com a ‘Chacina do Tatuquara’, em que foram mortas três mulheres, uma delas irmã de Edenilson”, concluiu Recalcatti.
Está notícia foi publicada no SESP - Secretaria de Estado da Segurança Pública do Paraná
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MASSIMO PAVARINI
ENTREVISTA MASSIMO PAVARINI – Folha de São Paulo (31/08/09)
Punir mais só piora crime e agrava a insegurança.
Castigo mais claro, herança dos EUA de Reagan, transforma criminoso leve em profissional, diz professor de Bolonha.
“...é um pecado, uma idéia louca” a noção de que penas maiores de prisão aumentem a segurança. “Acontece o contrário. Penas maiores produzem mais insegurança”, diz o italiano Massimo Pavarini, 62, professor da Universidade de Bolonha e considerado um dos maiores penalistas da Europa. Ele dá um exemplo: “Quanto mais se castiga um criminoso leve, mais profissional ele será quando voltar ao crime”.
O pesquisador Massimo Pavarini, em São Paulo
Mario Cesar Carvalho – da Reportagem Local
Ligado ao pensamento de esquerda, Massimo Pavarini diz que essa idéia de punir mais leve teve como origem os EUA de Ronald Reagan, nos anos 80, e difundiu-se pelo mundo “como uma doença”. A eleição de Barack Obama a Presidência dos EUA pode ser um sinal de que esse ideário se esgotou, acredita. Pavarini esteve em São Paulo na ultima semana para participar do congresso do IBCCRIM (Instituto Brasileiro de Ciências Criminais), onde deu a seguinte entrevista:
Folha – O Sr, diz que o direito penal está em crise porque o discurso pró-punição esta desacreditado e a idéia de ressocialização não funciona. O que fazer?
Massimo Pavarini – O cárcere parecia um invento bom no final de 1700, quando foi criado, mas hoje não demonstra mais êxito positivo. O que significa êxito positivo? Significa que o Estado moderno pode justificar a pena privativa de liberdade. Sempre se fala que o direito penal tem quatro finalidades:
Serve para educar, produzir medo, neutralizar os mais perigosos e tem uma função simbólica, no sentido de falar para as pessoas honestas o que é o bem, o que é o mal, e castigar o mal.
Após dois séculos de investigação, todas as pesquisas dizem que não temos provas de que a prisão efetivamente seja capaz de reabilitar. Isso acontece em todos os lugares do mundo.
Folha – O que fazer, então?
Pavarini – As prisões já não produzem suficientemente medo para limitar a criminalidade. Todos os criminólogos são céticos. O direito penal fracassou em todas as suas finalidades. Não conheço nenhum teórico otimista. Isso não significa que não possa haver alternativas. Há um movimento internacional em busca de penas alternativas. O que se imagina é que, se a prisão fracassou, a pena alternativa pode ter êxito punitivo. Há penas alternativas há três décadas e, se alguma pode surtir efeito, foi em algum momento específico, que não pode ser reproduzido em um lugar com história e recursos econômicos diferentes.
Folha – Numa conferencia, o Sr. disse que o Estado neoliberal, que começou na Inglaterra e nos EUA, não pensa mais em ressocializar o preso, mas em neutralizá-lo. Por que morreu a idéia de recuperar o preso?
Pavarini – Já se sabia que não da para ressocializar o preso. O problema é outro. Existe uma obra bem famosa dos anos 70, chamada “Nothinh Works” (nada funciona). O livro foi escrito quando (Ronald) Reagan era governador da Califórnia (1967-1975). Ele criou uma equipe de cientistas, de todas as cores políticas, e deu-lhes um montão de dinheiro. A pergunta era muito simples: você pode mostrar que o modelo de ressocialização dos presos tem um êxito positivo? Os cientistas pesquisaram muito e no final escreveram “nothing works”. A prisão não funciona nos EUA, na Europa nem na America Latina. Nada funciona se você pensa que a prisão pode reabilitar. Não pode. O cárcere tem o papel de neutralizar seletivamente quem comete crimes.
Folha – Ele cumpre esse papel?
Pavarini – Pode cumprir. O problema é que a neutralização do inimigo, a forma como o neoliberal vê o delinqüente, significa o fim do Estado de direito. O primeiro problema é que você não sabe quantos são os inimigos. Essa é a loucura.
Os EUA prendem 2,75 milhões todos os dias. Mais de 5% da população vive nas prisões. São 750 presos por 100 mil habitantes. Há ainda os que cumprem penas alternativas. Esses são 5 milhões. Portanto, são 7,5 milhões na América os que estão penalmente controlados. Aqui no Brasil são 300 presos por 100 mil habitantes.
Folha – Há teóricos que dizem que nos EUA as prisões se converteram em um sistema de controle social.
Pavarini – Sim, isso ocorre. O setor carcerário nos EUA é quase tão forte quanto as fabricas de armas. Muitas prisões são privadas. E é um bom negócio. O paradoxo dos EUA é que em 75, quando Reagan começa a buscar a Presidência, os EUA tinham 100 presos por 100 mil habitantes. Após 30 anos, a taxa multiplicou-se por oito. Os EUA não tinham uma tradição de prender muito. Prendiam menos do que a Inglaterra.
Folha – O senso comum diz que os presos crescem exponencialmente porque aumentou a violência.
Pavarini – Isso é muito complicado. Se a pergunta é “existe uma relação direta entre aumento da criminalidade e aumento da população presa?”, qualquer criminólogo do mundo, eu creio, vai dizer não. Os EUA não tem uma criminalidade brutal. Ela é comparável a criminalidade européia. Eles tem um problema especifico: o número elevado de casas com armas de fogo curtas. Um assalto vira homicídio.
Folha – Por que prendem tanto?
Pavarini – Os EUA prendem não tanto pelo crime, mas por medo social. Essa é a questão. A origem do medo social é bastante complexa, mas para mim tem uma relação mais forte com a crise do Estado de bem-estar social do que com o aumento da criminalidade. E é um problema de inclusão social. Os neoliberais dizem que não dá para incluir todas as pessoas que não tem trabalho, os inválidos, os que estão fora do mercado. Os criminosos são os primeiros dessa categoria. Uma regra que ajudou a aumentar a população carcerária foi retirada do beisebol: três faltas e você está fora. Em direito penal isso significa que após três delitos, que podem ser pequenos, você está preso. Você está fora porque não temos paciência para tratá-lo. Vamos eliminá-lo.
Folha – Eliminar é o papel principal das prisões, então?
Pavarini – E é um dos papéis. O direito penal é cada vez mais duro, as sentenças são mais longas, “life sentence” (prisão perpétua) é mais freqüente, aplica-se a pena de morte.
Folha – Como essa idéia neoliberal funciona onde há muita exclusão?
Pavarini – Isso é um absurdo.
Dos 180 e poucos países do mundo, não passam de 10,15 os que tem reduzido o numero de presos.
Na Itália, temos 100 presos por 100 mil habitantes.
Há 30 anos, porém, eram 25 por 100 mil. Aumentou quatro vezes em três décadas. Isso acontece na Ásia, na África, em países que não se pode comparar com os EUA e a Europa.
Creio que é uma onda do pensamento neoliberal, que se converte em políticas de direito penal mais severo. E é engraçado que os EUA, nos anos 50 e 60, eram os mais progressistas em política penal, gastavam um montão de dinheiro com penas alternativas. Mas hoje as pessoas acham que o direito penal que castiga mais, tem mais eficiência. Isso é desastroso. Nos EUA, o numero de presos cresce também porque há um negócio penitenciário.
Folha – O que há de errado com esse tipo de negócio?
Pavarini – Os EUA tem cerca de 15% dos presos em cárceres privatizados. E é uma ótima solução para a empresa que dirige a prisão. Ela sempre vai querer ter um montão de presos, é claro, para ganhar mais dinheiro, e isso nem sempre é a melhor política. E é um negócio perverso.
Os empresários financiam lobistas que vão difundir o medo.
E é um desastre. Mas pode ser que tudo isso mude. Obama parece ter uma visão oposta a dos neoliberais e já demonstra isso na saúde pública, um tema ligado a inclusão social. O difícil é que não há uma idéia suficientemente forte para se opor ao pensamento neoliberal sobre as penas. A esquerda não tem uma idéia para contrapor. Os políticos sabem que, se não tem um discurso duro contra o crime, eles perdem votos.
Folha –No Brasil, os políticos e a população defendem o aumento das penas. Penas maiores significam mais segurança?
Pavarini – Isso é um pecado, uma idéia louca, absurda. Acontece o contrário. Penas maiores produzem mais insegurança. E é claro, um pais não pode neutralizar todos os criminosos. Nos EUA, eles podem colocar na prisão o garoto que vende maconha. Prende por um, dois, cinco anos, e ele vai virar um criminoso profissional. Quanto mais se castiga um criminoso leve, mais profissional ele será quando voltar ao crime. Há mais de um século se diz que a prisão é a universidade do crime. E é verdade. Mas, se um político diz “vamos buscar trabalho para esse garoto”, ele não ganha nada.
Folha – No Estado de São Paulo, o mais rico do país, faltam 55 mil vagas nos presídios e as prisões são muito precárias. Por que um Estado rico tem presídios tão ruins?
Pavarini – Há uma regra econômica que diz que a prisão, em qualquer lugar do mundo, deve ter uma qualidade de sobrevivência inferior a pior qualidade de vida em liberdade. Como aqui há favelas, as prisões tem de ser piores do que as piores favelas. A prisão tem de oferecer uma diferenciação social entre o pobre bom e o pobre delinqüente. Claro que São Paulo poderia oferecer um presídio que é uma universidade, mas isso seria intolerável. O presídio ruim tem função simbólica.
Folha – Em São Paulo, o numero de presos cresce a razão de 6.000 por mês. Faz sentido construir um presídio novo por mês?
Pavarini – Mais cárceres significam mais presos. Se você tem mais presídios, você castiga mais. Por isso os países promovem moratórias, decidem não construir mais presídios.
Folha – Políticos dizem que mais presídios melhoram a segurança.
Pavarini – A única coisa que você pode dizer é que mais presídios significa mais população presa. Há milhões de pessoas que delinqüem diariamente, e os presos são uma minoria. O sistema penal é seletivo, não pode castigar todos. As pessoas dizem que o crime não compensa, mas o crime compensa muito. O sistema não tem eficiência para castigar todos.
Quando você aumenta muito a população carcerária, algo precisa ser feito. Na Itália, há cada quatro, cinco anos há anistia. Entre os nórdicos, quando um juiz condena um preso, ele precisa saber a quantidade de vagas na prisão. Se não há vaga, outro preso precisa sair. O juiz indica quem sai. Porque é preciso responsabilizar o Poder Judiciário e a política pelos presídios. O cárcere tem de ser destinado aos mais perigosos. Uma prisão de merda custa 250 por dia na Itália. Não faz sentido usar algo tão caro para qualquer criminoso.
Punir mais só piora crime e agrava a insegurança.
Castigo mais claro, herança dos EUA de Reagan, transforma criminoso leve em profissional, diz professor de Bolonha.
“...é um pecado, uma idéia louca” a noção de que penas maiores de prisão aumentem a segurança. “Acontece o contrário. Penas maiores produzem mais insegurança”, diz o italiano Massimo Pavarini, 62, professor da Universidade de Bolonha e considerado um dos maiores penalistas da Europa. Ele dá um exemplo: “Quanto mais se castiga um criminoso leve, mais profissional ele será quando voltar ao crime”.
O pesquisador Massimo Pavarini, em São Paulo
Mario Cesar Carvalho – da Reportagem Local
Ligado ao pensamento de esquerda, Massimo Pavarini diz que essa idéia de punir mais leve teve como origem os EUA de Ronald Reagan, nos anos 80, e difundiu-se pelo mundo “como uma doença”. A eleição de Barack Obama a Presidência dos EUA pode ser um sinal de que esse ideário se esgotou, acredita. Pavarini esteve em São Paulo na ultima semana para participar do congresso do IBCCRIM (Instituto Brasileiro de Ciências Criminais), onde deu a seguinte entrevista:
Folha – O Sr, diz que o direito penal está em crise porque o discurso pró-punição esta desacreditado e a idéia de ressocialização não funciona. O que fazer?
Massimo Pavarini – O cárcere parecia um invento bom no final de 1700, quando foi criado, mas hoje não demonstra mais êxito positivo. O que significa êxito positivo? Significa que o Estado moderno pode justificar a pena privativa de liberdade. Sempre se fala que o direito penal tem quatro finalidades:
Serve para educar, produzir medo, neutralizar os mais perigosos e tem uma função simbólica, no sentido de falar para as pessoas honestas o que é o bem, o que é o mal, e castigar o mal.
Após dois séculos de investigação, todas as pesquisas dizem que não temos provas de que a prisão efetivamente seja capaz de reabilitar. Isso acontece em todos os lugares do mundo.
Folha – O que fazer, então?
Pavarini – As prisões já não produzem suficientemente medo para limitar a criminalidade. Todos os criminólogos são céticos. O direito penal fracassou em todas as suas finalidades. Não conheço nenhum teórico otimista. Isso não significa que não possa haver alternativas. Há um movimento internacional em busca de penas alternativas. O que se imagina é que, se a prisão fracassou, a pena alternativa pode ter êxito punitivo. Há penas alternativas há três décadas e, se alguma pode surtir efeito, foi em algum momento específico, que não pode ser reproduzido em um lugar com história e recursos econômicos diferentes.
Folha – Numa conferencia, o Sr. disse que o Estado neoliberal, que começou na Inglaterra e nos EUA, não pensa mais em ressocializar o preso, mas em neutralizá-lo. Por que morreu a idéia de recuperar o preso?
Pavarini – Já se sabia que não da para ressocializar o preso. O problema é outro. Existe uma obra bem famosa dos anos 70, chamada “Nothinh Works” (nada funciona). O livro foi escrito quando (Ronald) Reagan era governador da Califórnia (1967-1975). Ele criou uma equipe de cientistas, de todas as cores políticas, e deu-lhes um montão de dinheiro. A pergunta era muito simples: você pode mostrar que o modelo de ressocialização dos presos tem um êxito positivo? Os cientistas pesquisaram muito e no final escreveram “nothing works”. A prisão não funciona nos EUA, na Europa nem na America Latina. Nada funciona se você pensa que a prisão pode reabilitar. Não pode. O cárcere tem o papel de neutralizar seletivamente quem comete crimes.
Folha – Ele cumpre esse papel?
Pavarini – Pode cumprir. O problema é que a neutralização do inimigo, a forma como o neoliberal vê o delinqüente, significa o fim do Estado de direito. O primeiro problema é que você não sabe quantos são os inimigos. Essa é a loucura.
Os EUA prendem 2,75 milhões todos os dias. Mais de 5% da população vive nas prisões. São 750 presos por 100 mil habitantes. Há ainda os que cumprem penas alternativas. Esses são 5 milhões. Portanto, são 7,5 milhões na América os que estão penalmente controlados. Aqui no Brasil são 300 presos por 100 mil habitantes.
Folha – Há teóricos que dizem que nos EUA as prisões se converteram em um sistema de controle social.
Pavarini – Sim, isso ocorre. O setor carcerário nos EUA é quase tão forte quanto as fabricas de armas. Muitas prisões são privadas. E é um bom negócio. O paradoxo dos EUA é que em 75, quando Reagan começa a buscar a Presidência, os EUA tinham 100 presos por 100 mil habitantes. Após 30 anos, a taxa multiplicou-se por oito. Os EUA não tinham uma tradição de prender muito. Prendiam menos do que a Inglaterra.
Folha – O senso comum diz que os presos crescem exponencialmente porque aumentou a violência.
Pavarini – Isso é muito complicado. Se a pergunta é “existe uma relação direta entre aumento da criminalidade e aumento da população presa?”, qualquer criminólogo do mundo, eu creio, vai dizer não. Os EUA não tem uma criminalidade brutal. Ela é comparável a criminalidade européia. Eles tem um problema especifico: o número elevado de casas com armas de fogo curtas. Um assalto vira homicídio.
Folha – Por que prendem tanto?
Pavarini – Os EUA prendem não tanto pelo crime, mas por medo social. Essa é a questão. A origem do medo social é bastante complexa, mas para mim tem uma relação mais forte com a crise do Estado de bem-estar social do que com o aumento da criminalidade. E é um problema de inclusão social. Os neoliberais dizem que não dá para incluir todas as pessoas que não tem trabalho, os inválidos, os que estão fora do mercado. Os criminosos são os primeiros dessa categoria. Uma regra que ajudou a aumentar a população carcerária foi retirada do beisebol: três faltas e você está fora. Em direito penal isso significa que após três delitos, que podem ser pequenos, você está preso. Você está fora porque não temos paciência para tratá-lo. Vamos eliminá-lo.
Folha – Eliminar é o papel principal das prisões, então?
Pavarini – E é um dos papéis. O direito penal é cada vez mais duro, as sentenças são mais longas, “life sentence” (prisão perpétua) é mais freqüente, aplica-se a pena de morte.
Folha – Como essa idéia neoliberal funciona onde há muita exclusão?
Pavarini – Isso é um absurdo.
Dos 180 e poucos países do mundo, não passam de 10,15 os que tem reduzido o numero de presos.
Na Itália, temos 100 presos por 100 mil habitantes.
Há 30 anos, porém, eram 25 por 100 mil. Aumentou quatro vezes em três décadas. Isso acontece na Ásia, na África, em países que não se pode comparar com os EUA e a Europa.
Creio que é uma onda do pensamento neoliberal, que se converte em políticas de direito penal mais severo. E é engraçado que os EUA, nos anos 50 e 60, eram os mais progressistas em política penal, gastavam um montão de dinheiro com penas alternativas. Mas hoje as pessoas acham que o direito penal que castiga mais, tem mais eficiência. Isso é desastroso. Nos EUA, o numero de presos cresce também porque há um negócio penitenciário.
Folha – O que há de errado com esse tipo de negócio?
Pavarini – Os EUA tem cerca de 15% dos presos em cárceres privatizados. E é uma ótima solução para a empresa que dirige a prisão. Ela sempre vai querer ter um montão de presos, é claro, para ganhar mais dinheiro, e isso nem sempre é a melhor política. E é um negócio perverso.
Os empresários financiam lobistas que vão difundir o medo.
E é um desastre. Mas pode ser que tudo isso mude. Obama parece ter uma visão oposta a dos neoliberais e já demonstra isso na saúde pública, um tema ligado a inclusão social. O difícil é que não há uma idéia suficientemente forte para se opor ao pensamento neoliberal sobre as penas. A esquerda não tem uma idéia para contrapor. Os políticos sabem que, se não tem um discurso duro contra o crime, eles perdem votos.
Folha –No Brasil, os políticos e a população defendem o aumento das penas. Penas maiores significam mais segurança?
Pavarini – Isso é um pecado, uma idéia louca, absurda. Acontece o contrário. Penas maiores produzem mais insegurança. E é claro, um pais não pode neutralizar todos os criminosos. Nos EUA, eles podem colocar na prisão o garoto que vende maconha. Prende por um, dois, cinco anos, e ele vai virar um criminoso profissional. Quanto mais se castiga um criminoso leve, mais profissional ele será quando voltar ao crime. Há mais de um século se diz que a prisão é a universidade do crime. E é verdade. Mas, se um político diz “vamos buscar trabalho para esse garoto”, ele não ganha nada.
Folha – No Estado de São Paulo, o mais rico do país, faltam 55 mil vagas nos presídios e as prisões são muito precárias. Por que um Estado rico tem presídios tão ruins?
Pavarini – Há uma regra econômica que diz que a prisão, em qualquer lugar do mundo, deve ter uma qualidade de sobrevivência inferior a pior qualidade de vida em liberdade. Como aqui há favelas, as prisões tem de ser piores do que as piores favelas. A prisão tem de oferecer uma diferenciação social entre o pobre bom e o pobre delinqüente. Claro que São Paulo poderia oferecer um presídio que é uma universidade, mas isso seria intolerável. O presídio ruim tem função simbólica.
Folha – Em São Paulo, o numero de presos cresce a razão de 6.000 por mês. Faz sentido construir um presídio novo por mês?
Pavarini – Mais cárceres significam mais presos. Se você tem mais presídios, você castiga mais. Por isso os países promovem moratórias, decidem não construir mais presídios.
Folha – Políticos dizem que mais presídios melhoram a segurança.
Pavarini – A única coisa que você pode dizer é que mais presídios significa mais população presa. Há milhões de pessoas que delinqüem diariamente, e os presos são uma minoria. O sistema penal é seletivo, não pode castigar todos. As pessoas dizem que o crime não compensa, mas o crime compensa muito. O sistema não tem eficiência para castigar todos.
Quando você aumenta muito a população carcerária, algo precisa ser feito. Na Itália, há cada quatro, cinco anos há anistia. Entre os nórdicos, quando um juiz condena um preso, ele precisa saber a quantidade de vagas na prisão. Se não há vaga, outro preso precisa sair. O juiz indica quem sai. Porque é preciso responsabilizar o Poder Judiciário e a política pelos presídios. O cárcere tem de ser destinado aos mais perigosos. Uma prisão de merda custa 250 por dia na Itália. Não faz sentido usar algo tão caro para qualquer criminoso.
A CARTA ROUBADA - JACQUES LACAN
O EU NA TEORIA DE FREUD E NA TECNICA DA PSICANALISE
O Seminário – Livro 2
A CARTA ROUBADA
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O que constitui o fundo de todo drama humano, de todo drama de teatro em particular, é o fato de haver liames, nós, pactos estabelecidos. Os seres humanos já estão ligados entre si por compromissos que determinaram o lugar deles, o nome deles, a essência deles. Um outro discurso, outros compromissos, outras falas chegam então. E é certo que há pontos em que é preciso ir as vias de fato. Todos os tratados não se constituem simultaneamente. Alguns são contraditórios. Se se faz a guerra, é justamente para saber que tratado será valido. Graças a Deus, a guerra, por muitas vezes, não é feita. Mas os tratados continuam funcionando, o anel circulando entre as pessoas em várias direções ao mesmo tempo, e, por vezes, o objeto de um jogo de passa-anel encontra o de um outro jogo de passa-anel. Há subdivisão, reconversão, substituição. Aquele que se compromete a jogar o passa anel numa determinada roda deve dissimular que joga também numa outra.
Não é por acaso que vemos aparecer ai personagens régios. Eles se tornam simbólicos do caráter fundamental do compromisso constituído no início. O respeito do pacto que une o homem a mulher tem um valor essencial para a sociedade inteira, e este valor se acha, desde sempre, encarnado ao máximo nas pessoas do casal régio, que joga. Este casal é o símbolo do pacto mais importante, que faz concordar o elemento macho com o elemento fêmea, e ele desempenha tradicionalmente um papel mediador entre tudo o que não conhecemos, o cosmos e a ordem social. Nada será, a mais justo titulo, considerado como escandaloso e repreensível do que aquilo que lhe causa dano.
E é certo que, no estado atual das relações inter-humanas, a tradição fica posta no segundo plano, ou pelo menos velada. Vocês se lembram da fala do rei Farouk, segundo a qual, de ora em diante, só há cinco reis sobre a terra, os quatro reis do baralho e o rei da Inglaterra.
O que é, afinal, uma carta? Como é que uma carta pode ser roubada? Ela pertence a quem? A quem a enviou, ou a quem é destinada? Se disserem que pertence a quem a enviou, no que será que consiste a dádiva de uma carta? Por que é que se manda carta? E se pensarem que ela pertence ao destinatário, como é que, em determinadas circunstâncias, vocês devolvem as cartas ao personagem que com elas os bombardeou durante uma parte da existência de vocês?
Pode-se estar seguro, quando se toma um destes provérbios atribuídos a sabedoria das nações - sabedoria que é assim denominada por antífrase – de deparar-se com uma estupidez. Verba volant , scripta manent. Já pensaram que uma carta é justamente uma fala que voa? Se pode haver uma carta roubada, é porque uma carta é uma folha volante.1 São os scripta que volant, enquanto que as falas, infelizmente, permanecem. Elas permanecem até quando ninguém mais se recorda delas. Exatamente como depois de quinhentos mil sinais na série dos mais e menos, o aparecimento dos α, β, γ, δ permanecerá determinado pelas mesmas leis.
As falas permanecem. O jogo dos símbolos, contra isto vocês nada podem fazer, e é por isso que é preciso tomar muito cuidado com o que dizem. Mas a carta, a letra, essa vai embora. Ela passeia sozinha. Insisti com freqüência para fazer o Sr. Guiraud entender que podia haver sobre a mesa dois quilos de linguagem. Não é preciso que haja tanto – uma folhinha de papel velino é igualmente uma linguagem que ai está. Ela está ai, e só existe enquanto linguagem, ela é a folha volante. Mas ela é também outra coisa, que tem uma função particular, absolutamente inassimilável a nenhum objeto humano.
Os personagens desempenham, pois, seu papel. Há um personagem que treme, a rainha. Sua função consiste em não poder tremer para além de um certo limite. Se ela tremesse só um bocadinho mais, se o reflexo do lago que ela representa – porque ela é a única que verdadeiramente tem plena consciência da cena – se perturbasse um pouco mais, ela deixaria de ser a rainha, seria completamente ridícula, e nós não poderíamos nem sequer suportar a crueldade terminal de Dupin. Mas ela não pia. Há um personagem que não vê nada, o rei. Há o ministro. Há a carta.
Esta carta, que é uma fala endereçada a rainha por alguém, o duque de S., a quem ela é realmente endereçada? Visto ser uma fala, ela pode ter diversas funções. Tem a função de um certo pacto, de uma certa confidência. Tanto faz tratar-se do amor do duque ou de um complô contra a segurança do Estado ou até de uma banalidade. Ela está aí, mas não está aí, ela só está aí em seu valor próprio, em relação a tudo o que ela ameaça, a tudo o que ela viola, a tudo de que ela escarnece, a tudo o que ela põe em perigo ou em suspenso.
Esta carta, que não tem o mesmo sentido em todo lugar, é uma verdade que não convém publicar. Assim que ela passa para o bolso do ministro, ela não é mais o que era antes, seja lá o que for que tenha sido. Ela não é mais uma carta de amor, uma carta de confidência, o anuncio de um acontecimento, ela é uma prova, e se caso for uma prova material. Se imaginarmos este pobre rei, picado por alguma tarântula que dele faria um rei de maior graça, um destes reis, não bonacheirões, capazes de deixar passar a coisa e em seguida enviar sua digna esposa diante dos olhos de altos juízes, como isso se viu em determinados momentos da história da Inglaterra – sempre a Inglaterra -, nós nos damos conta de que a identidade do destinatário de uma carta é tão problemática quanto a questão de saber a quem ela pertence. Em todo caso, a partir do momento em que ela se acha entre as mãos do ministro, ela passa a ser, em si mesma, outra coisa.
O ministro faz, então, um troço bastante singular. Vocês vão-me dizer que é a necessidade das coisas. Mas por que nós, analistas, nos deteríamos nas grosseiras aparências das motivações?
Queria sacar do meu bolso uma carta da época para mostrar a vocês como isso se dobrava e naturalmente esquecia-a em casa. Era uma época em que as cartas eram bem bonitas. Dobrava-se mais ou menos assim – e punha-se o sinete ou o lacre.
O ministro que, em sua esperteza, quer que a carta passe despercebida, redobra-a para o outro lado e amarrota-a. E é muito possível, ao redobrá-la, fazer aparecer uma superficiezinha nua e plana sobre a qual pode-se por um outro sobrescrito e um outro sinete, negro ao invés de vermelho. No lugar da letra alongada do nobre senhor vem uma letra feminina que endereça a carta ao próprio ministro. E é sob esta forma que a carta jaz no porta-cartas, onde o olho de lince de Dupin não vai deixá-la escapar porque, como nós, ele meditou sobre o que vem a ser uma carta.
Esta transformação não fica suficientemente explicada, para nós analistas, pelo fato de o ministro querer que não a reconheçam. Não é de um jeito qualquer que ele a transformou. A esta carta, que não sabemos o que era, ele faz com que, de certa maneira, ela lhe seja remetida sob sua nova e falsa aparência, especifica-se até por quem – por um personagem feminino de sua linhagem, que tem a letra feminina e miúda – e ele faz com que ela lhe seja remetida com seu próprio sinte.
Eis uma curiosa relação consigo mesmo. Há uma súbita feminização da carta e, ao mesmo tempo, ela entra numa relação narcísica – já que agora ela lhe é endereçada com esta letra feminina requintada e leva seu próprio carimbo. E é uma espécie de carta de amor que ele se manda a si mesmo. E é muito obscuro, indefinível, não quero forçar nada, e, na verdade, se falo desta transformação, é por ela ser correlativa de algo muito mais importante que diz respeito ao comportamento subjetivo do próprio ministro.
Detenhamo-nos neste drama, vejamos o que o amarra.
Em que o fato de a carta estar em posse do ministro é assim tão doloroso que tudo surge do fato de a rainha precisar, com absoluta urgência, recuperá-la?
Como o faz notar um dos interlocutores inteligentes – o narrador, que também é testemunha -, este negócio só tem alcance se a rainha souber que este documento está em posse do ministro. Ela sabe, enquanto que o rei nada sabe.
Suponhamos então, que o ministro se comporte com uma sem-vergonhice intolerável. Ele sabe que é poderoso, comportar-se como tal. E a rainha – é preciso crer que ela tenha voz ativa nos negócios – intervém em seu favor. Os desejos, que se supõem ao poderoso ministro, são satisfeitos, nomeia-se fulano para tal lugar, se lhe dá ta! colega, se lhe permite formar maiorias diante da Câmara monárquica, que só lhe parece por demais constitucional. Mas nada indica que o ministro tenha dito algo, jamais pedido algo a rainha. Pelo contrario, ele tem a carta e cala-se.
Cala-se, quando, no entanto, é portador de uma carta que ameaça o fundamento do pacto. E é portador da ameaça de uma desordem profunda, não reconhecida, recalcada e cala-se. Ele poderia ter uma atitude que qualificaríamos de altamente moral. Ele poderia fazer admoestações a rainha. Claro que ele seria hipócrita, mas ele poderia colocar-se como defensor da honra de seu senhor, como vigilante guardião da ordem. E talvez a intriga amarrada com o duque S. seja perigosa para a política que ele supõe ser a boa. Mas ele não faz nada disso.
Ele nos é representado como um personagem essencialmente romântico, e não deixa de nos fazer pensar no Sr. de Chateaubriand, do qual não teríamos a recordação de um personagem tão nobre, não tivesse sido ele cristão. Pois, se lermos o sentido verdadeiro de suas Memórias, será que ele não se declara ligado a monarquia por fé jurada só para poder dizer da maneira mais clara que, afora isso, ele acha que são uns sacanas? De maneira que ele pode fazer figura deste monstrum horrendum de que nos falam para justificar a ira final de Dupin. Há uma maneira de defender os princípios, como se vê ao se ler Chateaubriand, que é a melhor maneira de aniquilá-los.
Por que será que nos apresentam o ministro como tal monstro, como um homem sem princípios? Ao se olhar de perto as coisas, isto quer dizer que ele não confere aquilo que detém em seu poder nenhum sentido da ordem de uma compensação ou de uma sanção qualquer. Do conhecimento que tem desta verdade sobre o pacto, ele não faz nada. Não faz nenhuma recriminação a rainha nem a incita a entrar nos eixos colocando-se no plano do confessor ou do diretor de consciência, assim como não vai dizer-lhe toma lá da cá. O poder que a carta pode conferir-lhe, ele o suspende na indeterminação, não lhe dá nenhum sentido simbólico, joga apenas com o seguinte – entre ele e a rainha se estabelece esta miragem, esta fascinação recíproca, que é o que eu lhes anunciava há pouco, ao falar de relação narcísica. Relação dual entre o senhor e o escravo fundamentada na ameaça indeterminada da morte em último termo, mas, neste caso, sobre os temores da rainha.
Estes temores da rainha, se formos olhar de perto, são muito exagerados. Pois, como se assinala no conto, esta carta talvez seja uma arma terrível, bastaria, porém, que fosse posta em jogo para ser aniquilada. E é uma arma de dois gumes. Não se sabe que seqüência poderia ser dada a revelação da carta pela justiça retributiva, não apenas de um rei, mas de todo um conselho, de toda a organização envolvida em semelhante escarcéu.
No final das contas, o caráter intolerável da pressão constituída pela carta é devido ao ministro ter, em relação a carta, a mesma atitude que a rainha – ele não fala dela. E pelo simples fato de não poder falar dela, ele se encontra, no decurso da segunda cena, na mesma posição que a rainha, e ele não vai poder deixar de fazer com que lhe furtem a carta. Isto não é devido a esperteza de Dupin, porém a estrutura das coisas.
A carta roubada tornou-se uma carta escondida. Por que será que os policiais não a encontram? Não a encontram porque não sabem o que é uma carta. Não o sabem porque são a polícia. Todo poder legítimo, assim como toda espécie de poder, repousa sempre sobre os símbolo. E a polícia, assim como todos os outros poderes, também repousa sobre os símbolo. Como puderam ver em períodos de agitação, vocês se teriam deixado prender que nem carneirinhos se uma cara lhes tivesse dito Polícia! e mostrado uma carteira, caso contrário, começariam a quebrar-lhes a cara tão logo ele tivesse posto a mão em vocês. Só que a pequena diferença que existe entre a polícia e o poder é que persuadiram a polícia de que sua eficácia repousa na força – isso não é para que se sinta confiante, mas, pelo contrário, para limitá-la em suas funções. E graças ao fato de a polícia crer que é pela força que ela exerce sua função, ela é tão impotente quanto se possa desejar.
Quando se lhe ensina outra coisa, como se tem feito de uns tempos para cá em determinadas zonas do mundo, vê-se no que dá. Obtém-se a adesão universal aquilo que chamaremos simplesmente de doutrina. Pode-se fazer quem quer que seja enquadrar-se numa posição mais ou menos indiferente em relação ao sistema dos símbolos, e obtém-se assim todas as confissões do mundo, faz-se endossar por quem quer que seja qualquer elemento da cadeia simbólica, ao bel prazer do poder despido do símbolo, ali onde certa meditação pessoal falta.
A polícia por acreditar na força, e da mesma feita no real, procura a carta. Como eles dizem – Procuramos por toda parte. E não acharam, porque se trata de uma carta, e que uma carta está justamente em lugar nenhum.
Não é um joguinho mental. Reflitam – por que será que eles não a encontram? Ela está aí. Eles a viram. Viram o que? Uma carta. Talvez a tenham até aberto. Mas não a reconheceram. Por quê? Tinham dela uma descrição – Ela tem um carimbo vermelho e tal sobrescrito. Ora, ela tem outro carimbo e não tem tal sobrescrito. Dir-me-ão vocês – E o texto? Mas justamente, o texto não lhes foi dado. Pois, das duas uma, ou o texto tem importância ou não tem. Se ele tem importância, e mesmo que ninguém, salvo o rei, possa entendê-lo, convém, no entanto, que não fique dando sopa.
Vocês estão vendo bem que só pode haver algo escondido na dimensão da verdade. No real, a própria idéia de um esconderijo é delirante – por mais longe nas entranhas da terra que alguém tenha ido levar algo, isso lá não está escondido, já que se ele foi, vocês também podem lá ir. Só pode estar escondido o que é da ordem da verdade. E é a verdade que está escondida, não a carta. Para os policiais, a verdade não tem importância, para eles só existe realidade, e é por esta razão que eles não encontram.
Em compensação, ao lado de seus reparos sobre o jogo de par ou ímpar, Dupin faz considerações lingüísticas, matemáticas, religiosas, especula constantemente sobre os símbolo, falando ate do não-sentido das matemáticas – pelo que apresento minhas desculpas aos matemáticos aqui presentes. Tentem pois, diz ele, dizer um dia diante de um matemático que talvez x2 + px não seja exatamente igual a q – e ele imediatamente vai desancá-los. Que nada, já que freqüentemente entretenho-me com Riguet de minhas suspeitas sobre este assunto, e nada de semelhante jamais me aconteceu. Pelo contrário, nosso amigo me incita a prosseguir nestas especulações. Enfim, é por Dupin ter refletido um pouco sobre o símbolo e a verdade que ele vai ver o que tem para se ver.
Na cena que nos descrevem, Dupin encontra-se diante de uma curiosa exibição. O ministro dá mostra de uma bela indolência – a qual não engana o hábil homem, que sabe que há por baixo disso a extrema vigilância, a astúcia terrível do personagem romântico, capaz de tudo, para o qual o termo sangue-frio, vejam isso no Stendhal, parece ter sido inventado. Ei-lo deitado, entediado, que sonha – Nada é suficiente, numa época decadente, para ocupar os pensamentos de um grande espírito. O que fazer quando tudo vai por água abaixo? Eis o tema. Enquanto isto, Dupin, de óculos verdes, olha por todo canto e tenta fazer-nos crer que é seu gênio que lhe permite ver a carta. Mas não é não.
Assim como era a rainha que na verdade indicara a carta ao ministro, assim é o ministro quem entrega seus segredo a Dupin. Será que não há algo como uma ressonância entre a carta de sobrescrito feminino e este Páris enlanguescido? Dupin lê literalmente aquilo que a carta virou na atitude amolecida deste personagem do qual ninguém sabe o que quer, a não ser levar tão longe quanto possível o exercício gratuito de sua atividade de jogador. Aí está ele, desafiando o mundo como desafiou o casal régio com o rapto da carta. O que isto quer dizer? – senão que, por estar em relação a carta na mesma posição em que a rainha estava, numa posição essencialmente feminina, o ministro sucumbe aquilo que ocorreu com ela.
Vocês me dirão que não há, como anteriormente, os três personagens e a carta. A carta está aí, há dois personagens, mas onde está o rei? Pois bem, é evidentemente a polícia. Se o ministro se sente tão tranqüilo, é porque a polícia faz parte de sua segurança, assim como o rei fazia parte da segurança da rainha. Proteção ambígua – é a proteção que ele lhe deve no sentido em que o esposo deve auxílio e proteção a esposa, é também a proteção que ela deve a sua cegueira. Mas um nada bastou, uma mudançazinha de equilíbrio, para que no interstício a carta fosse sutilizada. E é o que ocorre com o ministro.
E é um erro de sua parte acreditar que pode ficar tranqüilo pelo fato de a polícia, que revista seu palacete há meses, não a ter encontrado. Isto não prova nada, tal como para a rainha a presença do rei incapaz de ver a carta não era uma proteção eficaz. Onde está seu erro? Está em ter olvidado que se a polícia não encontrou a carta, não é por esta não poder ser achada, e sim porque a polícia procurava outra coisa. A avestruz acredita estar em segurança porque ela está com a cabeça dentro da terra – ele é uma avestruz aperfeiçoada que acreditaria estar protegida porque uma outra avestruz - outra-truz - estaria com a cabeça dentro da areia. E ela se deixa depenar o traseiro por uma terceira que lhe arrebata as plumas e com elas fabrica para si um penacho.
O ministro está na posição que fora a da rainha, a polícia na do rei, deste rei degenerado que só acredita no real, e que não vê nada. A decalagem dos personagens é perfeita. E pelo fato de ele se ter interposto na seqüência do discurso e de ter caído na posse desta cartinha de nada, que é suficiente para causar grandes estragos, este esperto entre os espertos, este ambicioso entre os ambiciosos, este intrigante entre os intrigantes, este diletante entre os diletantes, não vê que se lhe vai surrupiar o segredo nas suas ventas.
Basta um nada, suficientemente assinalador da polícia, para desviar por um instante sua atenção. Com efeito, se o incidente da rua atrai sua atenção, é por ele saber-se vigiado da polícia – Como é que pode ocorrer algo diante de minha casa quando estou com três tiras em cada esquina? Não só ele se feminizou com a posse da carta, mas além disto esta última, de cuja relação com o inconsciente lhes falei, lhe faz esquecer o essencial. Vocês conhecem a história do cara encontrado numa ilha deserta para onde ele se retirou para esquecer – Para esquecer o quê? – Esqueci. Pois bem, ele também esqueceu que, apesar de estar sob a vigilância da polícia, não se deve, no entanto, acreditar que ninguém vá funcionar melhor.
A etapa seguinte é bastante curiosa. Como é que Dupin se comporta? Note que há um longo intervalo entre as duas visitas do chefe de polícia. A partir do momento em que ele tem a carta, Dupin também não pia para ninguém. Em suma, ter esta carta – eis justamente aí a significação da verdade que fica passeando – lhe cala o bico. E, com efeito, com quem é que ele poderia ter falado? Ele deve estar bem atrapalhado.
Graças a Deus, como um chefe da polícia sempre volta ao local de seus crimes, lá vem o chefe de polícia e o interroga. O outro lhe conta uma história de consulta gratuita absolutamente sublime. Trata-se de um medico inglês de quem se procura arrebatar a indicação de uma receita – O que tomar neste caso, doutor? – Tomar uma consulta. Dupin indica, pois, ao chefe da polícia que honorários não seriam assim tão mal vindos. O cara prontifica-se imediatamente e o outro lhe diz – Pois bem, ela está na minha gaveta.
Será que isto quer dizer que este Dupin, que até então era um maravilhoso personagem, de uma lucidez quase que demasiada, tornou-se de repente um reles tratante? Não hesito em ver aí o resgate daquilo que se poderia chamar de a mana ruim vinculada a carta. E, com efeito, a partir do momento em que ele recebe honorários, ele tira o corpo da jogada. Não é só por ter passado a carta a um outro, mas porque, para todo mundo, seus motivos são claros – ele recebeu grana, ele cai fora. O valor sagrado da retribuição de tipo honorário está indicado de maneira manifesta pelo pano de fundo da historieta médica.
Não quero insistir, mas talvez vocês me façam delicadamente notar que nós também, que estamos o tempo todo servindo de portadores de todas as cartas roubadas do paciente, nós também cobramos mais ou menos caro. Reflitam bem no seguinte – se nós não cobrássemos, entraríamos no drama de Atreu e de Tieste que é o de todos os sujeitos que nos vem confiar a verdade deles. Eles nos contam umas histórias danadas e por isto não estamos nem um pouco na ordem do sagrado nem na do sacrifício.Todo mundo sabe que o dinheiro não serve simplesmente para comprar objetos, mas que os preços que, em nossa sociedade, são calculados o mais exatamente possível, tem como função amortecer algo de infinitamente mais perigoso do que pagar em dinheiro, que consiste em dever algo a alguém.
E é disso que se trata. Quem quer que tenha esta carta entra no cone de sombra que necessita o fato de ela ser destinada – a quem? senão a quem isto interessa – ao rei. E ela vai acabar chegando a ele, mas não é bem assim como Dupin conta em sua historiazinha imaginária, na qual o ministro, após algumas afrontas da rainha, é tolo o bastante para deixar explodir a história. Ela realmente chega até o rei, e é sempre um rei que não sabe de nada. Mas o personagem do rei mudou no intervalo. O ministro que, mudado de lugar, se tornara rainha, é ele agora que e o rei. Na terceira etapa, ele tomou o lugar do rei, e ele tem a carta.
Isso, naturalmente, não é mais a carta que passou de Dupin para o chefe da polícia – e daí para o quartinho escuro, pois que não venham dizer-nos que a odisséia da carta está acabada -, é uma nova forma da carta, que Dupin lhe deu, bem mais instrumento do destino do que Poe nos mostra, forma provocante que confere a historiazinha seu lado incisivo e cruel para uso das balconistas. Quando o ministro desdobrar o papel, lerá estes versos que o esbofeteiam.
Um dessein si funeste,
s’il n’est digne d’Atrée, est figne de Tieste.2
E, com efeito, se porventura ele tiver de abrir esta carta, só lhe restará sofrer as conseqüências de seus próprios atos, comer como Tieste seus próprios filhos. E é justamente com isto que temos todos os dias de lidar, cada vez que a linha dos símbolos topa em obstáculo terminal – são nossos atos que vem ao nosso encontro. Trata-se aqui, de repente de pagar a vista. Trata-se, como se diz, de prestar contas de seus crimes –o que aliás quer dizer que, se souberem prestar conta deles, não serão castigados. Se ele realmente cometer esta loucura de sacar da carta, e sobretudo se não verificar um pouco antes se é ela mesma que aí está, ao ministro, só lhe restará com efeito seguir a palavra de ordem que eu lançara ironicamente em Zurich, em resposta a Leclaire - Coma teu Dasein! E é a refeição de Tieste por excelência.
Seria realmente preciso que o ministro tivesse levado a loucura o paradoxo do jogador para que chegasse até a sacar da carta. Seria preciso que ele fosse realmente, até o fim, um homem sem princípios, sem nem mesmo este princípio, o derradeiro, este que para a maioria dentre nós permanece, que é simplesmente um resquício de besteira. Se cair na paixão ele achará a rainha generosa, digna de respeito e de amor – é totalmente estúpido, porém isso o salvará . Se cair no ódio puro e simples, ele tentará desferir o golpe de maneira eficaz. Só mesmo se seu Dasein estiver totalmente descolado de toda inscrição numa ordem qualquer, até mesmo numa ordem intima, a de seu escritório, de sua mesa, só mesmo neste caso é que ele terá de beber o cálice até a última gota.
Tudo isto, poderíamos conseguir escrevê-lo com pequenos alfa, beta, gama. Tudo aquilo que pode servir para definir os personagens como reais – qualidades, temperamento, hereditariedade, nobreza – não tem nada a ver com o negócio. A cada instante cada um está definido, e até mesmo em sua atitude sexual, pelo fato de que uma carta sempre chega a seu destino.
26 de abril de 1955.
JACQUES LACAN
NOTAS:
1. S’il peut y avoir une letter volée, c’est qu’une letter est une feulle volante. Jogo de palavras: voler, significa roubar e também voar. La letter vole poderia também ser traduzida por a carta voada, que voou.
2. Um desígnio tão funesto/ Se não for digno de Atreu é digno de Tiestes. Deixamos em frances no texto já que nem Poe o traduz em seu conto.
O Seminário – Livro 2
A CARTA ROUBADA
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O que constitui o fundo de todo drama humano, de todo drama de teatro em particular, é o fato de haver liames, nós, pactos estabelecidos. Os seres humanos já estão ligados entre si por compromissos que determinaram o lugar deles, o nome deles, a essência deles. Um outro discurso, outros compromissos, outras falas chegam então. E é certo que há pontos em que é preciso ir as vias de fato. Todos os tratados não se constituem simultaneamente. Alguns são contraditórios. Se se faz a guerra, é justamente para saber que tratado será valido. Graças a Deus, a guerra, por muitas vezes, não é feita. Mas os tratados continuam funcionando, o anel circulando entre as pessoas em várias direções ao mesmo tempo, e, por vezes, o objeto de um jogo de passa-anel encontra o de um outro jogo de passa-anel. Há subdivisão, reconversão, substituição. Aquele que se compromete a jogar o passa anel numa determinada roda deve dissimular que joga também numa outra.
Não é por acaso que vemos aparecer ai personagens régios. Eles se tornam simbólicos do caráter fundamental do compromisso constituído no início. O respeito do pacto que une o homem a mulher tem um valor essencial para a sociedade inteira, e este valor se acha, desde sempre, encarnado ao máximo nas pessoas do casal régio, que joga. Este casal é o símbolo do pacto mais importante, que faz concordar o elemento macho com o elemento fêmea, e ele desempenha tradicionalmente um papel mediador entre tudo o que não conhecemos, o cosmos e a ordem social. Nada será, a mais justo titulo, considerado como escandaloso e repreensível do que aquilo que lhe causa dano.
E é certo que, no estado atual das relações inter-humanas, a tradição fica posta no segundo plano, ou pelo menos velada. Vocês se lembram da fala do rei Farouk, segundo a qual, de ora em diante, só há cinco reis sobre a terra, os quatro reis do baralho e o rei da Inglaterra.
O que é, afinal, uma carta? Como é que uma carta pode ser roubada? Ela pertence a quem? A quem a enviou, ou a quem é destinada? Se disserem que pertence a quem a enviou, no que será que consiste a dádiva de uma carta? Por que é que se manda carta? E se pensarem que ela pertence ao destinatário, como é que, em determinadas circunstâncias, vocês devolvem as cartas ao personagem que com elas os bombardeou durante uma parte da existência de vocês?
Pode-se estar seguro, quando se toma um destes provérbios atribuídos a sabedoria das nações - sabedoria que é assim denominada por antífrase – de deparar-se com uma estupidez. Verba volant , scripta manent. Já pensaram que uma carta é justamente uma fala que voa? Se pode haver uma carta roubada, é porque uma carta é uma folha volante.1 São os scripta que volant, enquanto que as falas, infelizmente, permanecem. Elas permanecem até quando ninguém mais se recorda delas. Exatamente como depois de quinhentos mil sinais na série dos mais e menos, o aparecimento dos α, β, γ, δ permanecerá determinado pelas mesmas leis.
As falas permanecem. O jogo dos símbolos, contra isto vocês nada podem fazer, e é por isso que é preciso tomar muito cuidado com o que dizem. Mas a carta, a letra, essa vai embora. Ela passeia sozinha. Insisti com freqüência para fazer o Sr. Guiraud entender que podia haver sobre a mesa dois quilos de linguagem. Não é preciso que haja tanto – uma folhinha de papel velino é igualmente uma linguagem que ai está. Ela está ai, e só existe enquanto linguagem, ela é a folha volante. Mas ela é também outra coisa, que tem uma função particular, absolutamente inassimilável a nenhum objeto humano.
Os personagens desempenham, pois, seu papel. Há um personagem que treme, a rainha. Sua função consiste em não poder tremer para além de um certo limite. Se ela tremesse só um bocadinho mais, se o reflexo do lago que ela representa – porque ela é a única que verdadeiramente tem plena consciência da cena – se perturbasse um pouco mais, ela deixaria de ser a rainha, seria completamente ridícula, e nós não poderíamos nem sequer suportar a crueldade terminal de Dupin. Mas ela não pia. Há um personagem que não vê nada, o rei. Há o ministro. Há a carta.
Esta carta, que é uma fala endereçada a rainha por alguém, o duque de S., a quem ela é realmente endereçada? Visto ser uma fala, ela pode ter diversas funções. Tem a função de um certo pacto, de uma certa confidência. Tanto faz tratar-se do amor do duque ou de um complô contra a segurança do Estado ou até de uma banalidade. Ela está aí, mas não está aí, ela só está aí em seu valor próprio, em relação a tudo o que ela ameaça, a tudo o que ela viola, a tudo de que ela escarnece, a tudo o que ela põe em perigo ou em suspenso.
Esta carta, que não tem o mesmo sentido em todo lugar, é uma verdade que não convém publicar. Assim que ela passa para o bolso do ministro, ela não é mais o que era antes, seja lá o que for que tenha sido. Ela não é mais uma carta de amor, uma carta de confidência, o anuncio de um acontecimento, ela é uma prova, e se caso for uma prova material. Se imaginarmos este pobre rei, picado por alguma tarântula que dele faria um rei de maior graça, um destes reis, não bonacheirões, capazes de deixar passar a coisa e em seguida enviar sua digna esposa diante dos olhos de altos juízes, como isso se viu em determinados momentos da história da Inglaterra – sempre a Inglaterra -, nós nos damos conta de que a identidade do destinatário de uma carta é tão problemática quanto a questão de saber a quem ela pertence. Em todo caso, a partir do momento em que ela se acha entre as mãos do ministro, ela passa a ser, em si mesma, outra coisa.
O ministro faz, então, um troço bastante singular. Vocês vão-me dizer que é a necessidade das coisas. Mas por que nós, analistas, nos deteríamos nas grosseiras aparências das motivações?
Queria sacar do meu bolso uma carta da época para mostrar a vocês como isso se dobrava e naturalmente esquecia-a em casa. Era uma época em que as cartas eram bem bonitas. Dobrava-se mais ou menos assim – e punha-se o sinete ou o lacre.
O ministro que, em sua esperteza, quer que a carta passe despercebida, redobra-a para o outro lado e amarrota-a. E é muito possível, ao redobrá-la, fazer aparecer uma superficiezinha nua e plana sobre a qual pode-se por um outro sobrescrito e um outro sinete, negro ao invés de vermelho. No lugar da letra alongada do nobre senhor vem uma letra feminina que endereça a carta ao próprio ministro. E é sob esta forma que a carta jaz no porta-cartas, onde o olho de lince de Dupin não vai deixá-la escapar porque, como nós, ele meditou sobre o que vem a ser uma carta.
Esta transformação não fica suficientemente explicada, para nós analistas, pelo fato de o ministro querer que não a reconheçam. Não é de um jeito qualquer que ele a transformou. A esta carta, que não sabemos o que era, ele faz com que, de certa maneira, ela lhe seja remetida sob sua nova e falsa aparência, especifica-se até por quem – por um personagem feminino de sua linhagem, que tem a letra feminina e miúda – e ele faz com que ela lhe seja remetida com seu próprio sinte.
Eis uma curiosa relação consigo mesmo. Há uma súbita feminização da carta e, ao mesmo tempo, ela entra numa relação narcísica – já que agora ela lhe é endereçada com esta letra feminina requintada e leva seu próprio carimbo. E é uma espécie de carta de amor que ele se manda a si mesmo. E é muito obscuro, indefinível, não quero forçar nada, e, na verdade, se falo desta transformação, é por ela ser correlativa de algo muito mais importante que diz respeito ao comportamento subjetivo do próprio ministro.
Detenhamo-nos neste drama, vejamos o que o amarra.
Em que o fato de a carta estar em posse do ministro é assim tão doloroso que tudo surge do fato de a rainha precisar, com absoluta urgência, recuperá-la?
Como o faz notar um dos interlocutores inteligentes – o narrador, que também é testemunha -, este negócio só tem alcance se a rainha souber que este documento está em posse do ministro. Ela sabe, enquanto que o rei nada sabe.
Suponhamos então, que o ministro se comporte com uma sem-vergonhice intolerável. Ele sabe que é poderoso, comportar-se como tal. E a rainha – é preciso crer que ela tenha voz ativa nos negócios – intervém em seu favor. Os desejos, que se supõem ao poderoso ministro, são satisfeitos, nomeia-se fulano para tal lugar, se lhe dá ta! colega, se lhe permite formar maiorias diante da Câmara monárquica, que só lhe parece por demais constitucional. Mas nada indica que o ministro tenha dito algo, jamais pedido algo a rainha. Pelo contrario, ele tem a carta e cala-se.
Cala-se, quando, no entanto, é portador de uma carta que ameaça o fundamento do pacto. E é portador da ameaça de uma desordem profunda, não reconhecida, recalcada e cala-se. Ele poderia ter uma atitude que qualificaríamos de altamente moral. Ele poderia fazer admoestações a rainha. Claro que ele seria hipócrita, mas ele poderia colocar-se como defensor da honra de seu senhor, como vigilante guardião da ordem. E talvez a intriga amarrada com o duque S. seja perigosa para a política que ele supõe ser a boa. Mas ele não faz nada disso.
Ele nos é representado como um personagem essencialmente romântico, e não deixa de nos fazer pensar no Sr. de Chateaubriand, do qual não teríamos a recordação de um personagem tão nobre, não tivesse sido ele cristão. Pois, se lermos o sentido verdadeiro de suas Memórias, será que ele não se declara ligado a monarquia por fé jurada só para poder dizer da maneira mais clara que, afora isso, ele acha que são uns sacanas? De maneira que ele pode fazer figura deste monstrum horrendum de que nos falam para justificar a ira final de Dupin. Há uma maneira de defender os princípios, como se vê ao se ler Chateaubriand, que é a melhor maneira de aniquilá-los.
Por que será que nos apresentam o ministro como tal monstro, como um homem sem princípios? Ao se olhar de perto as coisas, isto quer dizer que ele não confere aquilo que detém em seu poder nenhum sentido da ordem de uma compensação ou de uma sanção qualquer. Do conhecimento que tem desta verdade sobre o pacto, ele não faz nada. Não faz nenhuma recriminação a rainha nem a incita a entrar nos eixos colocando-se no plano do confessor ou do diretor de consciência, assim como não vai dizer-lhe toma lá da cá. O poder que a carta pode conferir-lhe, ele o suspende na indeterminação, não lhe dá nenhum sentido simbólico, joga apenas com o seguinte – entre ele e a rainha se estabelece esta miragem, esta fascinação recíproca, que é o que eu lhes anunciava há pouco, ao falar de relação narcísica. Relação dual entre o senhor e o escravo fundamentada na ameaça indeterminada da morte em último termo, mas, neste caso, sobre os temores da rainha.
Estes temores da rainha, se formos olhar de perto, são muito exagerados. Pois, como se assinala no conto, esta carta talvez seja uma arma terrível, bastaria, porém, que fosse posta em jogo para ser aniquilada. E é uma arma de dois gumes. Não se sabe que seqüência poderia ser dada a revelação da carta pela justiça retributiva, não apenas de um rei, mas de todo um conselho, de toda a organização envolvida em semelhante escarcéu.
No final das contas, o caráter intolerável da pressão constituída pela carta é devido ao ministro ter, em relação a carta, a mesma atitude que a rainha – ele não fala dela. E pelo simples fato de não poder falar dela, ele se encontra, no decurso da segunda cena, na mesma posição que a rainha, e ele não vai poder deixar de fazer com que lhe furtem a carta. Isto não é devido a esperteza de Dupin, porém a estrutura das coisas.
A carta roubada tornou-se uma carta escondida. Por que será que os policiais não a encontram? Não a encontram porque não sabem o que é uma carta. Não o sabem porque são a polícia. Todo poder legítimo, assim como toda espécie de poder, repousa sempre sobre os símbolo. E a polícia, assim como todos os outros poderes, também repousa sobre os símbolo. Como puderam ver em períodos de agitação, vocês se teriam deixado prender que nem carneirinhos se uma cara lhes tivesse dito Polícia! e mostrado uma carteira, caso contrário, começariam a quebrar-lhes a cara tão logo ele tivesse posto a mão em vocês. Só que a pequena diferença que existe entre a polícia e o poder é que persuadiram a polícia de que sua eficácia repousa na força – isso não é para que se sinta confiante, mas, pelo contrário, para limitá-la em suas funções. E graças ao fato de a polícia crer que é pela força que ela exerce sua função, ela é tão impotente quanto se possa desejar.
Quando se lhe ensina outra coisa, como se tem feito de uns tempos para cá em determinadas zonas do mundo, vê-se no que dá. Obtém-se a adesão universal aquilo que chamaremos simplesmente de doutrina. Pode-se fazer quem quer que seja enquadrar-se numa posição mais ou menos indiferente em relação ao sistema dos símbolos, e obtém-se assim todas as confissões do mundo, faz-se endossar por quem quer que seja qualquer elemento da cadeia simbólica, ao bel prazer do poder despido do símbolo, ali onde certa meditação pessoal falta.
A polícia por acreditar na força, e da mesma feita no real, procura a carta. Como eles dizem – Procuramos por toda parte. E não acharam, porque se trata de uma carta, e que uma carta está justamente em lugar nenhum.
Não é um joguinho mental. Reflitam – por que será que eles não a encontram? Ela está aí. Eles a viram. Viram o que? Uma carta. Talvez a tenham até aberto. Mas não a reconheceram. Por quê? Tinham dela uma descrição – Ela tem um carimbo vermelho e tal sobrescrito. Ora, ela tem outro carimbo e não tem tal sobrescrito. Dir-me-ão vocês – E o texto? Mas justamente, o texto não lhes foi dado. Pois, das duas uma, ou o texto tem importância ou não tem. Se ele tem importância, e mesmo que ninguém, salvo o rei, possa entendê-lo, convém, no entanto, que não fique dando sopa.
Vocês estão vendo bem que só pode haver algo escondido na dimensão da verdade. No real, a própria idéia de um esconderijo é delirante – por mais longe nas entranhas da terra que alguém tenha ido levar algo, isso lá não está escondido, já que se ele foi, vocês também podem lá ir. Só pode estar escondido o que é da ordem da verdade. E é a verdade que está escondida, não a carta. Para os policiais, a verdade não tem importância, para eles só existe realidade, e é por esta razão que eles não encontram.
Em compensação, ao lado de seus reparos sobre o jogo de par ou ímpar, Dupin faz considerações lingüísticas, matemáticas, religiosas, especula constantemente sobre os símbolo, falando ate do não-sentido das matemáticas – pelo que apresento minhas desculpas aos matemáticos aqui presentes. Tentem pois, diz ele, dizer um dia diante de um matemático que talvez x2 + px não seja exatamente igual a q – e ele imediatamente vai desancá-los. Que nada, já que freqüentemente entretenho-me com Riguet de minhas suspeitas sobre este assunto, e nada de semelhante jamais me aconteceu. Pelo contrário, nosso amigo me incita a prosseguir nestas especulações. Enfim, é por Dupin ter refletido um pouco sobre o símbolo e a verdade que ele vai ver o que tem para se ver.
Na cena que nos descrevem, Dupin encontra-se diante de uma curiosa exibição. O ministro dá mostra de uma bela indolência – a qual não engana o hábil homem, que sabe que há por baixo disso a extrema vigilância, a astúcia terrível do personagem romântico, capaz de tudo, para o qual o termo sangue-frio, vejam isso no Stendhal, parece ter sido inventado. Ei-lo deitado, entediado, que sonha – Nada é suficiente, numa época decadente, para ocupar os pensamentos de um grande espírito. O que fazer quando tudo vai por água abaixo? Eis o tema. Enquanto isto, Dupin, de óculos verdes, olha por todo canto e tenta fazer-nos crer que é seu gênio que lhe permite ver a carta. Mas não é não.
Assim como era a rainha que na verdade indicara a carta ao ministro, assim é o ministro quem entrega seus segredo a Dupin. Será que não há algo como uma ressonância entre a carta de sobrescrito feminino e este Páris enlanguescido? Dupin lê literalmente aquilo que a carta virou na atitude amolecida deste personagem do qual ninguém sabe o que quer, a não ser levar tão longe quanto possível o exercício gratuito de sua atividade de jogador. Aí está ele, desafiando o mundo como desafiou o casal régio com o rapto da carta. O que isto quer dizer? – senão que, por estar em relação a carta na mesma posição em que a rainha estava, numa posição essencialmente feminina, o ministro sucumbe aquilo que ocorreu com ela.
Vocês me dirão que não há, como anteriormente, os três personagens e a carta. A carta está aí, há dois personagens, mas onde está o rei? Pois bem, é evidentemente a polícia. Se o ministro se sente tão tranqüilo, é porque a polícia faz parte de sua segurança, assim como o rei fazia parte da segurança da rainha. Proteção ambígua – é a proteção que ele lhe deve no sentido em que o esposo deve auxílio e proteção a esposa, é também a proteção que ela deve a sua cegueira. Mas um nada bastou, uma mudançazinha de equilíbrio, para que no interstício a carta fosse sutilizada. E é o que ocorre com o ministro.
E é um erro de sua parte acreditar que pode ficar tranqüilo pelo fato de a polícia, que revista seu palacete há meses, não a ter encontrado. Isto não prova nada, tal como para a rainha a presença do rei incapaz de ver a carta não era uma proteção eficaz. Onde está seu erro? Está em ter olvidado que se a polícia não encontrou a carta, não é por esta não poder ser achada, e sim porque a polícia procurava outra coisa. A avestruz acredita estar em segurança porque ela está com a cabeça dentro da terra – ele é uma avestruz aperfeiçoada que acreditaria estar protegida porque uma outra avestruz - outra-truz - estaria com a cabeça dentro da areia. E ela se deixa depenar o traseiro por uma terceira que lhe arrebata as plumas e com elas fabrica para si um penacho.
O ministro está na posição que fora a da rainha, a polícia na do rei, deste rei degenerado que só acredita no real, e que não vê nada. A decalagem dos personagens é perfeita. E pelo fato de ele se ter interposto na seqüência do discurso e de ter caído na posse desta cartinha de nada, que é suficiente para causar grandes estragos, este esperto entre os espertos, este ambicioso entre os ambiciosos, este intrigante entre os intrigantes, este diletante entre os diletantes, não vê que se lhe vai surrupiar o segredo nas suas ventas.
Basta um nada, suficientemente assinalador da polícia, para desviar por um instante sua atenção. Com efeito, se o incidente da rua atrai sua atenção, é por ele saber-se vigiado da polícia – Como é que pode ocorrer algo diante de minha casa quando estou com três tiras em cada esquina? Não só ele se feminizou com a posse da carta, mas além disto esta última, de cuja relação com o inconsciente lhes falei, lhe faz esquecer o essencial. Vocês conhecem a história do cara encontrado numa ilha deserta para onde ele se retirou para esquecer – Para esquecer o quê? – Esqueci. Pois bem, ele também esqueceu que, apesar de estar sob a vigilância da polícia, não se deve, no entanto, acreditar que ninguém vá funcionar melhor.
A etapa seguinte é bastante curiosa. Como é que Dupin se comporta? Note que há um longo intervalo entre as duas visitas do chefe de polícia. A partir do momento em que ele tem a carta, Dupin também não pia para ninguém. Em suma, ter esta carta – eis justamente aí a significação da verdade que fica passeando – lhe cala o bico. E, com efeito, com quem é que ele poderia ter falado? Ele deve estar bem atrapalhado.
Graças a Deus, como um chefe da polícia sempre volta ao local de seus crimes, lá vem o chefe de polícia e o interroga. O outro lhe conta uma história de consulta gratuita absolutamente sublime. Trata-se de um medico inglês de quem se procura arrebatar a indicação de uma receita – O que tomar neste caso, doutor? – Tomar uma consulta. Dupin indica, pois, ao chefe da polícia que honorários não seriam assim tão mal vindos. O cara prontifica-se imediatamente e o outro lhe diz – Pois bem, ela está na minha gaveta.
Será que isto quer dizer que este Dupin, que até então era um maravilhoso personagem, de uma lucidez quase que demasiada, tornou-se de repente um reles tratante? Não hesito em ver aí o resgate daquilo que se poderia chamar de a mana ruim vinculada a carta. E, com efeito, a partir do momento em que ele recebe honorários, ele tira o corpo da jogada. Não é só por ter passado a carta a um outro, mas porque, para todo mundo, seus motivos são claros – ele recebeu grana, ele cai fora. O valor sagrado da retribuição de tipo honorário está indicado de maneira manifesta pelo pano de fundo da historieta médica.
Não quero insistir, mas talvez vocês me façam delicadamente notar que nós também, que estamos o tempo todo servindo de portadores de todas as cartas roubadas do paciente, nós também cobramos mais ou menos caro. Reflitam bem no seguinte – se nós não cobrássemos, entraríamos no drama de Atreu e de Tieste que é o de todos os sujeitos que nos vem confiar a verdade deles. Eles nos contam umas histórias danadas e por isto não estamos nem um pouco na ordem do sagrado nem na do sacrifício.Todo mundo sabe que o dinheiro não serve simplesmente para comprar objetos, mas que os preços que, em nossa sociedade, são calculados o mais exatamente possível, tem como função amortecer algo de infinitamente mais perigoso do que pagar em dinheiro, que consiste em dever algo a alguém.
E é disso que se trata. Quem quer que tenha esta carta entra no cone de sombra que necessita o fato de ela ser destinada – a quem? senão a quem isto interessa – ao rei. E ela vai acabar chegando a ele, mas não é bem assim como Dupin conta em sua historiazinha imaginária, na qual o ministro, após algumas afrontas da rainha, é tolo o bastante para deixar explodir a história. Ela realmente chega até o rei, e é sempre um rei que não sabe de nada. Mas o personagem do rei mudou no intervalo. O ministro que, mudado de lugar, se tornara rainha, é ele agora que e o rei. Na terceira etapa, ele tomou o lugar do rei, e ele tem a carta.
Isso, naturalmente, não é mais a carta que passou de Dupin para o chefe da polícia – e daí para o quartinho escuro, pois que não venham dizer-nos que a odisséia da carta está acabada -, é uma nova forma da carta, que Dupin lhe deu, bem mais instrumento do destino do que Poe nos mostra, forma provocante que confere a historiazinha seu lado incisivo e cruel para uso das balconistas. Quando o ministro desdobrar o papel, lerá estes versos que o esbofeteiam.
Um dessein si funeste,
s’il n’est digne d’Atrée, est figne de Tieste.2
E, com efeito, se porventura ele tiver de abrir esta carta, só lhe restará sofrer as conseqüências de seus próprios atos, comer como Tieste seus próprios filhos. E é justamente com isto que temos todos os dias de lidar, cada vez que a linha dos símbolos topa em obstáculo terminal – são nossos atos que vem ao nosso encontro. Trata-se aqui, de repente de pagar a vista. Trata-se, como se diz, de prestar contas de seus crimes –o que aliás quer dizer que, se souberem prestar conta deles, não serão castigados. Se ele realmente cometer esta loucura de sacar da carta, e sobretudo se não verificar um pouco antes se é ela mesma que aí está, ao ministro, só lhe restará com efeito seguir a palavra de ordem que eu lançara ironicamente em Zurich, em resposta a Leclaire - Coma teu Dasein! E é a refeição de Tieste por excelência.
Seria realmente preciso que o ministro tivesse levado a loucura o paradoxo do jogador para que chegasse até a sacar da carta. Seria preciso que ele fosse realmente, até o fim, um homem sem princípios, sem nem mesmo este princípio, o derradeiro, este que para a maioria dentre nós permanece, que é simplesmente um resquício de besteira. Se cair na paixão ele achará a rainha generosa, digna de respeito e de amor – é totalmente estúpido, porém isso o salvará . Se cair no ódio puro e simples, ele tentará desferir o golpe de maneira eficaz. Só mesmo se seu Dasein estiver totalmente descolado de toda inscrição numa ordem qualquer, até mesmo numa ordem intima, a de seu escritório, de sua mesa, só mesmo neste caso é que ele terá de beber o cálice até a última gota.
Tudo isto, poderíamos conseguir escrevê-lo com pequenos alfa, beta, gama. Tudo aquilo que pode servir para definir os personagens como reais – qualidades, temperamento, hereditariedade, nobreza – não tem nada a ver com o negócio. A cada instante cada um está definido, e até mesmo em sua atitude sexual, pelo fato de que uma carta sempre chega a seu destino.
26 de abril de 1955.
JACQUES LACAN
NOTAS:
1. S’il peut y avoir une letter volée, c’est qu’une letter est une feulle volante. Jogo de palavras: voler, significa roubar e também voar. La letter vole poderia também ser traduzida por a carta voada, que voou.
2. Um desígnio tão funesto/ Se não for digno de Atreu é digno de Tiestes. Deixamos em frances no texto já que nem Poe o traduz em seu conto.
sexta-feira, 8 de janeiro de 2010
A CARTA ROUBADA
“Nil sapientiae odiosius acumine nimio.”1
(Sêneca)
Em Paris, justamente depois de escura e tormentosa noite, no outono de ano 18..., desfrutava eu do duplo luxo da meditação e de um cachimbo feito de espuma-do-mar, em companhia de meu amigo Auguste Dupin, em sua pequena biblioteca, ou gabinete de leitura, situado no terceiro andar da Rua Dunôt, 33, Faubourg Saint-Germain. Durante uma hora, pelo menos, mantínhamos profundo silêncio; cada um de nós, aos olhos de algum observador casual, teria parecido intensa e exclusivamente ocupado com as volutas de fumaça que tornavam densa a atmosfera do aposento. Quanto a mim, no entanto, discutia mentalmente certos tópicos que haviam constituído o assunto da conversa entre nós na primeira parte da noite. Refiro-me ao caso da Rua Morgue e ao mistério que envolvia o assassínio de Marie Rogêt. Pareceu-me, pois, quase que uma coincidência, quando a porta de nosso apartamento se abriu e entrou o nosso velho conhecido, Monsieur G..., delegado de polícia de Paris.
Recebemo-lo com cordialidade, pois havia nele tanto de desprezível como de divertido, e não o víamos havia já vários anos. Tínhamos estado sentados no escuro e, a entrada do visitante, Dupin se ergueu para acender a luz, mas sentou-se de novo sem o fazer, depois que G... nos disse que nos visitava para consultar-nos, ou melhor, para pedir a opinião de meu amigo sobre alguns casos oficiais que lhe haviam causado grandes transtornos.
- Se se trata de um caso que requer reflexão – disse Dupin -, desistindo de acender a mecha, será melhor examinado no escuro.
- Esta é outra de suas estranhas idéias – comentou o delegado, que tinha o costume de chamar “estranhas” todas as coisas que estavam além de sua compreensão e que, desse modo, vivia em meio de uma legião inteira de “estranhezas”.
- Exatamente – disse Dupin, enquanto oferecia um cachimbo ao visitante e empurrava para junto dele uma confortável poltrona.
- E qual é agora a dificuldade? – perguntei – Espero que não seja nada que se refira a assassínios.
- Oh, não! Nada disso! Trata-se, na verdade, de um caso muito simples, e não tenha dúvida de que podemos resolvê-lo satisfatoriamente. Mas, depois, pensei que Dupin talvez gostaria de conhecer alguns de seus pormenores, que são bastante estranhos.
- Um caso simples e estranho – comentou Dupin.
- Sim, realmente; mas por outro lado, não é nem uma coisa nem outra. O fato é que todos nós ficamos muito intrigados, pois, embora tão simples, o caso escapa inteiramente a nossa compreensão.
- Talvez seja a sua própria simplicidade que os desorienta – disse o meu amigo.
- Ora, que tolice – exclamou o delegado, rindo cordialmente.
- Talvez o mistério seja um pouco simples demais – disse Dupin.
- Oh, Deus do céu! Quem já ouviu tal coisa?
- Um pouco evidente demais.
O delegado de polícia prorrompeu em sonora gargalhada, divertindo-se a valer:
- Oh, Dupin, você ainda acaba por me matar de riso!
- E qual é, afinal de contas, o caso em apreço? – perguntei.
- Pois eu lhes direi – respondeu o delegado, refestelando-se na poltrona, enquanto tirava longa e meditativa baforada do cachimbo. – Direi tudo em poucas palavras; mas antes de começar, permitam-me recomendar que este caso exige o maior sigilo. Perderia, provavelmente, o lugar que hoje ocupo, se soubessem que eu o confiei a alguém.
- Continue – disse eu.
- Ou não diga nada – acrescentou Dupin.
- Bem. Recebi informações pessoais, de fonte muito elevada, de que certo documento da máxima importância foi roubado dos aposentos reais. Sabe-se quem foi a pessoa que o roubou. Quanto a isso, não há a menor dúvida; viram-na apoderar-se dele. Sabe-se, também, que o documento continua em poder da referida pessoa.
- Como se sabe disso? – indagou Dupin.
- E é coisa que se deduz claramente – respondeu o delegado – pela natureza de tal documento e pelo fato de não terem surgido certas conseqüências que surgiriam incontinenti, se o documento não estivesse ainda em poder do ladrão, isto é, se já houvesse sido utilizado com o fim que este ultimo se propõe.
- Seja um pouco mais explicito – pedi.
- Bem, atrevo-me a dizer que esse documento dá a quem o possua um certo poder, num meio em que tal poder é imensamente valioso.
O delegado apreciava muito as tiradas deplomaticas.
- Ainda não entendo bem – disse Dupin.
- Não? Bem. A exibição desse documento a uma terceira pessoa, cujo nome não mencionarei, comprometeria a honra de uma personalidade da mais alta posição, e tal fato concede a pessoa que possui o documento ascendência sobre essa personalidade ilustre, cuja honra e tranqüilidade se acham, assim, ameaçadas.
- Mas essa ascendência – intervim – depende de que o ladrão saiba que a pessoa roubada o conhece. Quem se atreveria...
- O ladrão – disse G... – é o Ministro D..., que se atreve a tudo, tanto o que é digno como o que é indigno de um homem. O roubo foi cometido de modo não só engenhoso como ousado. O documento em questão ... uma carta, para sermos francos, foi recebida pela personalidade roubada quando esta se encontrava a sós em seus aposentos. Quando a lia, foi subitamente interrompida pela entrada de outra personalidade de elevada posição, de quem desejava particularmente ocultar a carta. Após tentar as pressas, e em vão, metê-la numa gaveta, foi obrigada a colocá-la, aberta como estava, sobre uma mesa. O sobrescrito, porém, estava em cima e o conteúdo, por conseguinte, ficou resguardado. Nesse momento, entra o Ministro D... Seus olhos de lince percebem imediatamente a carta, e ele reconhece a letra do sobrescrito, observa a confusão da destinatária e penetra em seu segredo. Depois de tratar de alguns assuntos, na sua maneira apressada de sempre, tira do bolso uma carta parecida com a outra em questão, abre-a, finge lê-la e, depois, coloca-a bem ao lado da primeira. Torna a conversar, durante uns quinze minutos, sobre assuntos públicos. Por fim, ao retirar-se, tira de cima da mesa a carta que não lhe pertencia. Seu verdadeiro dono viu tudo, certamente, mas não ousou chamar-lhe a atenção em presença da terceira personagem, que se achava ao seu lado. O ministro retirou-se, deixando sua carta – uma carta sem importância - sobre a mesa.
- Ai tem você – disse-me Dupin – exatamente o que seria necessário para tornar completa tal ascendência: o ladrão sabe que a pessoa roubada o conhece.
- Sim – confirmou o delegado – e o poder conseguido dessa maneira tem sido empregado, há vários meses, para fins políticos, até um ponto muito perigoso. A pessoa roubada está cada dia mais convencida de que é necessário reaver a carta. Mas isso, por certo, não pode ser feito abertamente. Por fim, levada o desespero, encarregou-me dessa tarefa.
- Não lhe teria sido possível, creio eu – disse Dupin, em meio a uma perfeita espiral de fumaça -, escolher ou sequer imaginar um agente mais sagaz.
- Você me lisonjeia – respondeu o delegado -, mas é possível que haja pensado mais ou menos nisso.
-Está claro, como acaba de observar – disse eu -, que a carta se encontra ainda em poder do ministro, pois é a posse da carta, e não qualquer emprego da mesma, que lhe confere poder. Se ele a usar, o poder se dissipa.
- Certo – concordou G... – e foi baseado nessa convicção que principiei a agir. Meu primeiro cuidado foi realizar uma pesquisa completa no hotel em que mora o ministro. A principal dificuldade reside no fato de ser necessário fazer tal investigação sem que ele saiba. Além disso preveniram-se do perigo, caso ele venha a suspeitar de nosso propósito.
- Mas – disse eu – o senhor está perfeitamente a par dessas investigações. A polícia parisiense já fez isso muitas vezes, anteriormente.
- E é verdade. Por essa razão, não desesperei. Os hábitos do ministro me proporcionaram, sobretudo, uma grande vantagem. Com freqüência, passa a noite toda fora de casa. Seus criados não são numerosos. Dormem longe do apartamento de seu amo e, como quase todos são napolitanos, não é difícil fazer com que se embriaguem. Como sabe, tenho chaves que podem abrir qualquer aposento ou gabinete de Paris. Durante três meses, não houve uma noite sequer em que eu não me empenhasse, pessoalmente, em esquadrinhar o Hotel D... Minha honra está em jogo e, para mencionar um grande segredo, a recompensa é enorme. De modo que não abandonarei as pesquisas enquanto não me convencer inteiramente de que o ladrão é mais astuto do que eu. Creio haver investigado todos os cantos e esconderijos em que o papel pudesse estar oculto.
- Mas não seria possível – lembrei – que, embora a carta possa estar em poder do ministro, como indiscutivelmente está, ele a tenha escondido em outro lugar que sua própria casa?
- Pouco provável – respondeu Dupin. – A situação atual, particularíssima, dos assuntos da corte e principalmente as intrigas em que, como se sabe, D... anda envolvido, fazem da eficácia imediata do documento – da possibilidade de ser apresentado a qualquer momento – um ponto quase tão importante quanto a sua posse.
- A possibilidade de ser apresentado? – perguntei.
- O que vale dizer, de ser destruído – disse Dupin.
- E é certo – observei. – Não há dúvida de que o documento se encontra nos aposentos do ministro. Quanto a estar consigo próprio, guardado em seus bolsos, é coisa que podemos considerar como fora da questão.
- De acordo – disse o delegado. Por duas vezes, já fiz com que fosse revistado, sob minhas próprias vistas, por batedores de carteiras.
- Podia ter evitado todo esse trabalho – comentou Dupin. – D..., creio eu, não é inteiramente idiota e, assim, deve ter previsto, como coisa corriqueira, essas “revistas”.
- Não é inteiramente tolo – disse G... -, mas é poeta, o que o coloca não muito distante de um tolo.
- Certo – assentiu Dupin, após longa e pensativa baforada de seu cachimbo -, embora eu também seja culpado de certos versos...
- Que tal se nos contasse, com pormenores, como se processou a busca? – sugeri.
- Pois bem. Examinamos, demoradamente, todos os cantos. Tenho longa experiência dessas coisas. Vasculhamos o edifício inteiro, quarto por quarto, dedicando as noites de toda uma semana a cada um deles. Examinamos, primeiro, os moveis de cada aposento. Abrimos todas as gavetas possíveis, e presumo que os senhores saibam que, para um agente de polícia devidamente habilitado, não existem gavetas secretas. Seria um bobalhão aquele que permitisse que uma gaveta “secreta” escapasse a sua observação numa pesquisa como essa. A coisa é demasiado simples. Há um certo tamanho – um certo espaço – que se deve levar em conta em cada escrivaninha. Além disso, dispomos de regras precisas. Nem a qüinquagésima parte de uma linha nos passaria despercebida. Depois das mesas de trabalho, examinamos as cadeiras. As almofadas foram submetidas ao teste das agulhas, que os senhores já me viram empregar. Removemos a parte superior das mesas.
- Para que?
- As vezes, a parte superior de uma mesa, ou de outro móvel semelhante, é removida pela pessoa que deseja ocultar um objeto; depois, a perna é escavada, o objeto depositado dentro da cavidade e a parte superior recolocada em seu lugar. Os pés e a parte superior das colunas das camas são utilizados para o mesmo fim.
- Mas não se poderia descobrir a parte oca por meio de som? – perguntei.
- De modo algum, se quando o objeto lá colocado for envolto em algodão. Além disso, em nosso caso, somos obrigados a agir sem fazer barulho.
- Mas o senhor não poderia ter removido... não poderia ter examinado, peça por peça, todos os moveis em que teria sido possível ocultar alguma coisa da maneira a que se referiu. Uma carta pode ser transformada em minúscula espiral, não muito diferente, em forma e em volume, de uma agulha grande de costura e, desse modo, pode ser introduzida na travessa de uma cadeira, por exemplo. Naturalmente, o senhor não desmontou todas as cadeiras, não é verdade?
- Claro que não. Mas fizemos melhor: examinamos as travessas de todas as cadeiras existentes no hotel e, também, as juntas de toda a espécie de moveis. Fizemo-lo com a ajuda de poderoso microscópio. Se houvesse sinais de alterações recentes, não teríamos deixado de notar imediatamente. Um simples grão de pó de verruma, por exemplo, teria sido tão evidente como uma maçã. Qualquer alteração na cola – qualquer coisa pouco comum nas junturas – seria o bastante pra chamar-nos a atenção.
- Presumo que examinaram os espelhos, entre as tábuas e os vidros, bem como as camas, as roupas de cama, as cortinas e os tapetes.
- Naturalmente! E, depois de examinar desse modo, com a máxima minuciosidade, todos os móveis, passamos a examinar a própria casa. Dividimos toda a sua superfície em compartimentos, que eram por nos numerados, a fim de que nenhum pudesse ser esquecido. Depois, vasculhamos os aposentos palmo a palmo, inclusive as duas casas contiguas. E isso com a ajuda do microscópio, como antes.
- As duas casas contiguas?! – exclamei. – Devem ter tido muito trabalho!
- Tivemos. Mas a recompensa oferecida é, como já disse, muito grande.
- Incluíram também os terrenos dessas casas?
- Todos os terrenos são revestidos de tijolos. Deram-nos, relativamente, pouco trabalho. Examinamos o musgo existente entre os tijolos, verificamos que não havia nenhuma alteração.
- Naturalmente, olharam também os papeis de D... E os livros da biblioteca?
- Sem dúvida. Abrimos todos os pacotes e embrulhos, e não só abrimos todos os volumes, mas os folheamos página por página, sem que nos contentássemos com uma simples sacudida, como é hábito entre alguns de nossos policiais. Medimos também a espessura de cada encadernação, submetendo cada uma delas ao mais escrupuloso exame microscópico. Se qualquer encadernação apresentasse sinais de que havia sofrido alteração recente, tal fato nãos nos passaria despercebido. Quanto a uns cinco ou seis volumes, recém-chegados das mãos do encadernador, foram por nós cuidadosamente examinados, em sentido longitudinal, por meio de agulha.
- Verificaram os assoalhos, embaixo dos tapetes?
- Sem dúvida. Tiramos todos os tapetes e examinamos as tabuas do assoalho com o microscópio.
- E o papel das paredes?
- Também.
- Deram uma busca no porão?
- Demos.
- Então – disse eu – os senhores se enganaram, pois a carta não está na casa, como o senhor supõe.
- Temo que o senhor tenha razão quanto a isso, concordou o delegado. E agora, Dupin, que é que aconselharia fazer?
- Uma nova e completa investigação na casa.
- Isso é inteiramente inútil – replicou G... – Não estou tão certo de que respiro como de que a carta não esta no hotel.
- Não tenho melhor conselho para dar-lhe – disse Dupin. – O senhor, naturalmente, possui uma descrição precisa da carta, não é assim?
- Certamente!
E, aqui, tirando do bolso um memorando, o delegado de polícia pôs-se a ler, em voz alta, uma descrição minuciosa do aspecto interno e, principalmente, externo do documento roubado. Logo depois de terminar a leitura, partiu muito mais deprimido do que eu jamais o vira antes.
Decorrido cerca de um mês, fez-nos outra visita, e encontrou-nos entregues a mesma sobre assuntos corriqueiros. Por fim, perguntei:
- Então, Monsieur G..., que nos diz da carta roubada? Suponho que se convenceu, afinal, de que não é coisa simples ser mais astuto que o ministro...
- Que o diabo carregue o ministro! – exclamou. – Sim, realizei, apesar de tudo, um novo exame, como Dupin sugeriu. Mas trabalho perdido, como eu sabia que seria.
- Qual foi a recompensa oferecida, a que se referiu? – indagou Dupin.
- Ora, uma recompensa muito grande... muito generosa... Mas não me agrada dizer quanto, precisamente. Direi, no entanto, que não me importaria de dar, de meu cheque, cinqüenta mil francos a quem conseguisse obter essa carta. A verdade é que ela se torna, a cada dia que passa, mais importante... e a recompensa foi, ultimamente, dobrada. Mas, mesmo que fosse triplicada, eu não poderia fazer mais do que já fiz.
- Pois sim – disse Dupin, arrastando as palavras, entre as baforadas de seu cachimbo de espuma -, realmente... Parece-me... no entanto... G... que não se esforçou ao Maximo quanto a este assunto... Creio que poderia fazer um pouco mais, hein?
- Como? De que maneira?
- Ora (baforada), poderia (baforada) fazer uma consulta sobre este assunto, hein? (baforada). Lembra-se da historia que se conta a respeito de Abernethy?
- Não. Que vá para o diabo Albernethy!
- Sim, que vá para o diabo e seja bem recebido! Mas, certa vez, um avarento rico concebeu a idéia de obter de graça uma consulta de Abernethy. Com tal fim, durante uma conversa entre um grupo de amigos, insinuou o seu caso ao medico, como se se tratasse do caso de um individuo imaginário.
- “Suponhamos” – disse o avaro – “que seus sintomas sejam tais e tais. Nesse caso, que é que o doutor lhe aconselharia tomar?”
- “Tomar! Aconselharia, claro, que tomasse um conselho.”
- Mas – disse o delegado, um tanto desconcertado – estou inteiramente disposto a ouvir um conselho e a pagar por ele. Daria, realmente, cinqüenta mil francos a quem quer que me ajudasse nesse assunto.
- Nesse caso – respondeu Dupin, abrindo uma gaveta e retirando um livro de cheques – pode encher um cheque nessa quantia. Quando o houver assinado, eu lhe entregarei a carta.
Fiquei perplexo. O delegado parecia fulminado por um raio. Durante alguns minutos, permaneceu mudo e imóvel, olhando, incrédulo e boquiaberto, o meu amigo, com os olhos quase a saltar-lhe das orbitas. Depois, parecendo voltar, de certo modo, a si, apanhou uma caneta e, após varias pausas e olhares vagos, preencheu, finalmente, um cheque de cinqüenta mil francos, entregando-o, por cima da mesa, a Dupin. Este o examinou cuidadosamente e o colocou na carteira; depois, abrindo uma escrivaninha, tirou dela uma carta e entregou-a ao delegado de polícia. O funcionário apanhou-a tomado como que de um espasmo de alegria, abriu-a com mãos tremulas, lançou rápido olhar ao seu conteúdo e, depois, agarrando a porta e lutando por abri-la, precipitou-se, por fim, sem a menor cerimônia, para fora do apartamento e da casa, sem proferir uma única palavra desde o momento em que Dupin lhe pediu para preencher o cheque.
Depois de sua partida, meu amigo entrou em algumas explicações.
- A polícia parisiense – disse ele – é extremamente hábil a sua maneira. Seus agentes são perseverantes, engenhosos, astutos e perfeitamente versados nos ccnhecimentos que seus deveres parecem exigir de modo especial. Assim, quando G... nos contou, pormenorizadamente, a maneira pela qual realizou suas pesquisas no Hotel D..., não tive duvida de que efetuara uma investigação satisfatória... até o ponto a que chegou o seu trabalho.
- Até o ponto a que chegou o seu trabalho? – perguntei.
- Sim – respondeu Dupin. – As medidas adotadas não foram apenas as melhores que poderiam ser tomadas, mas realizadas com absoluta perfeição. Se a carta estivesse depositada dentro do raio de suas investigações, esses rapazes, sem dúvida, a teriam encontrado.
Ri, simplesmente – mas ele parecia haver dito tudo aquilo com a máxima seriedade.
- As medidas, pois – prosseguiu -, eram boas em seu gênero, e foram bem executadas; seu defeito residia em serem inaplicáveis ao caso e ao homem em questão. Um certo conjunto de recursos altamente engenhosos é, para o delegado, uma espécie de leito de Procusto, ao qual procura adaptar a força todos os seus planos. Mas, no caso em apreço, cometeu uma serie de erros, por ser demasiado profundo ou demasiado superficial, e muitos colegiais raciocinam melhor do que ele. Conheci um garotinho de oito anos cujo êxito como adivinhador, no jogo de “par ou impar”, despertava a admiração de todos. Este jogo é simples e se joga com bolinhas de vidro. Um dos participantes fecha na mão algumas bolinhas e pergunta ao outro se o numero é par ou impar. Se o companheiro acerta, ganha uma bolinha; se erra, perde uma. O menino a que me refiro ganhou todas as bolinhas de vidro da escola. Naturalmente, tinha um sistema de adivinhação que consistia na simples observação e no calculo da astucia de seus oponentes. Suponhamos, por exemplo, que seu adversário fosse um bobalhão que, fechando a mão, lhe perguntasse: “Par ou impar?” Nosso garoto responderia “impar”, e perderia; mas, na segunda vez, ganharia, pois diria com os seus botões: “Este bobalhão tirou par na primeira vez, e sua astucia e apenas suficiente para que apresente um numero impar na segunda vez. Direi, pois, impar”. Diz impar e ganha. Ora, com um simplório um pouco menos tolo que o primeiro, ele teria raciocinado assim: “Este sujeito viu que, na primeira vez, eu disse impar e, na segunda, proporá a si mesmo, levado por um impulso a variar de impar para par, como fez o primeiro simplório; mas, pensando melhor, acha que essa variação é demasiado simples, e, finalmente, resolve-se a favor do par, como antes. Eu, por conseguinte, direi par”. E diz par, e ganha. Pois bem. Esse sistema de raciocínio de nosso colegial, que seus companheiros chamavam sorte, o que era, em ultima analise?
- Simplesmente – respondi –uma identificação do intelecto do nosso raciocinador com o de seu oponente.
- De fato – assentiu Dupin – e, quando perguntei ao menino de que modo efetuava essa perfeita identificação, na qual residia o seu êxito, recebi a seguinte resposta: “Quando quero saber até que ponto alguém é inteligente, estúpido, bom ou mau, ou quais são os seus pensamentos no momento, modelo a expressão de meu rosto, tão exatamente quanto possível, de acordo com a expressão da referida pessoa e, depois, espero para ver quais os sentimentos ou pensamentos que surgem em meu cérebro ou em meu coração, para combinar ou corresponder a expressão”. Essa resposta do pequeno colegial supera em muito toda a profundidade espúria atribuída a Rochefoucauld, La Bougive, Maquiavel e Campanella.
- E a identificação – acrescentei – do intelecto do raciocinador com o do seu oponente depende, se é que o compreendo bem, da exatidão com que o intelecto deste último é medido.
- Em sua avaliação pratica, depende disso – confirmou Dupin. – E, se o delegado e toda a sua corte tem cometido tantos enganos, isso se deve, primeiro, a uma falha nessa identificação e, segundo, a uma apreciação inexata, ou melhor, a uma não apreciação da inteligência daqueles com quem se metem. Consideram engenhosas apenas as suas próprias idéias e, ao procurar alguma coisa que se ache escondida, não pensam senão nos meios que eles próprios teriam empregado para esconde-la. Estão certos apenas num ponto: naquele em que sua engenhosidade representa fielmente a da massa; mas, quando a astucia do malfeitor é diferente da deles, o malfeitor, naturalmente, os engana. Isso sempre acontece quando a astucia deste ultimo esta acima da deles e, muito freqüentemente, quando está abaixo. Não variam seu sistema de investigação; na melhor das hipóteses, quando são instigados por algum caso insólito, ou por alguma recompensa extraordinária, ampliam ou exageram os seus modos de agir habituais, sem que se afastem, no entanto, de seus princípios. No caso de D..., por exemplo, que fizeram para mudar sua maneira de agir? Que são todas essas perfurações, essas buscas, essas sondagens, esses exames de microscópio, essa divisão da superfície do edifício em polegadas quadradas, devidamente anotadas? Que é tudo isso senão exagero na aplicação de um desses princípios de investigação baseados sobre uma ordem de idéias referentes a esperteza humana, a qual o delegado se habituou durante os longos anos de exercício de suas funções? Não vê você que ele considera como coisa assente o fato de que todos os homens que procuram esconder uma carta utilizam, se não precisamente um orifício feito a verruma na perna de uma cadeira, pelo menos alguma cavidade, algum canto escuro sugerido pela mesma ordem de idéias que levaria um homem a furar a perna de uma cadeira? E não vê também que tais esconderijos tão recherches2 só são empregados em ocasiões ordinárias e por inteligências comuns? Porque, em todos os casos de objetos escondidos, essa maneira recherche de ocultar-se um objeto é, desde o primeiro momento, presumível e presumida – perspicácia, mas sim do simples cuidado, da paciência e da determinação dos que procuram. Mas, quando se trata de um caso importante – ou de um caso que, pela recompensa oferecida, seja assim encarado pela polícia – jamais essas qualidades deixaram de ser postas em ação. Você compreendera, agora, o que eu queria dizer ao afirmar que, se a carta roubada tivesse sido escondida dentro do raio de investigação do nosso delegado – ou, em outras palavras, se o principio inspirador estivesse compreendido nos princípios do delegado -, sua descoberta seria uma questão inteiramente fora de duvida. Este funcionário, porém, se enganou por completo, e a fonte remota de seu fracasso reside na suposição de que o ministro é um idiota, pois adquiriu renome de poeta. Segundo o delegado, todos os poetas são idiotas – e, neste caso, ele é apenas culpado de um non distributio medii, ao inferir que todos os poetas são idiotas.
- Mas ele é realmente poeta? – perguntei. – Sei que são dois irmãos, e que ambos adquiriram renome nas letras. O ministro, creio eu, escreveu eruditamente sobre o calculo diferencial. E é um matemático, e não um poeta.
- Você está enganado. Conheço-o bem. E é ambas as coisas. Como poeta e matemático, raciocinaria bem; como mero matemático, não raciocinaria de modo algum, e ficaria, assim, a mercê do delegado.
- Você me surpreende – respondi – com essas opiniões, que tem sido desmentidas pela voz do mundo. Naturalmente, não quererá destruir, de um golpe idéias amadurecidas durante tantos séculos. A razão matemática é há muito considerada como a razão par excellence.
- “Il y a a parier” – replicou Dupin, citando Chanfort - “que toute idée publique, toute convention recue, est une sottise, car elle a convenu au plus grande nombre.”3 Os matemáticos, concordo, fizeram tudo o que lhes foi possível para propagar o erro popular a que você alude, e que, por ter sido promulgado como verdade, não deixa de ser erro. Como uma arte digna de melhor causa, ensinaram-nos a aplicar o termo “análise” as operações algébricas. Os franceses são os culpados originários desse engano particular, mas, se um termo possui alguma importância – se as palavras derivam seu valor de sua aplicabilidade -, então análise poderá significar álgebra, do mesmo modo que em latim, ambitus significa ambição, religio, religião, ou homines honesti um grupo de homens honrados.
- Vejo que você vai entrar em choque com alguns algebristas de Paris – disse-lhe eu. – Mas prossiga.
- Impugno a validez e, por conseguinte, o valor de uma razão cultivada por meio de qualquer forma especial que não seja a lógica abstrata. Impugno, de modo particular, o raciocínio produzido pelo estudo das matemáticas. As matemáticas são a ciência da forma e da quantidade; o raciocínio matemático não é mais do que a simples lógica aplicada a observação da forma e da quantidade. O grande erro consiste em supor-se que até mesmo as verdades daquilo que se chama álgebra pura são verdades abstratas ou gerais. E esse erro é tão grande, que fico perplexo diante da unanimidade com que foi recebido. Os axiomas matemáticos não são axiomas de uma verdade geral. O que é verdade com respeito a relação – de forma ou quantidade – é, com freqüência, grandemente falso quanto ao que respeita a moral, por exemplo. Nesta última ciência, não é, com freqüência, verdade que a soma das partes seja igual ao todo. Na química, também falha o axioma. Na apreciação da força motriz, também falha, visto que dois motores, cada qual de determinada potencia, não possuem necessariamente, quando associados, uma potencia igual a soma de suas duas potências tomadas separadamente. Há numerosas outras verdades matemáticas que são somente verdades dentro dos limites da relação. Mas o matemático argumenta, por hábito, partindo de suas verdades finitas, como se estas fossem de uma aplicabilidade absoluta e geral – como o mundo, na verdade, imagina que sejam. Bryant, em sua eruditíssima Mitologia, refere-se a uma fonte análoga de erro, ao dizer que, “embora ninguém acredite nas fábulas do paganismo, nós, com freqüência, esquecemos isso, até o ponto de fazer inferência partindo delas, como se fossem realidades vivas”. Entre os algebristas, porém, que são, também eles, pagãos, as “fábulas pagãs” merecem crédito, e tais inferências são feitas não tanto devido a lapsos de memória, mas devido a um incompreensível transtorno em seus cérebros. Em suma, não encontrei jamais um matemático puro em quem pudesse ter confiança, fora de suas raízes e de suas equações; não conheci um único sequer que não tivesse como artigo de fé que x2 + px é absoluta e incondicionalmente igual a q. Se quiser fazer uma experiência, diga a um desses senhores que você acredita que possa haver casos em que x2 + px não seja absolutamente igual a q, e, logo depois de ter-lhe feito compreender o que você quer dizer com isso, fuja de suas vistas o mais rapidamente possível, pois ele, sem dúvida, procurará dar-lhe uma surra.
- O que quero dizer – continuou Dupin, enquanto eu não fazia senão rir-me destas ultimas observações – é que, se o ministro não fosse mais do que um matemático, o delegado de polícia não teria necessidade de dar-me este cheque. Eu o conhecia, por é m, como matemático e poeta, e adaptei a essa sua capacidade as medidas por mim tomadas, levando em conta as circunstâncias em que ele se achava colocado. Conhecia-o, também, não só como homem da corte, mas, ainda, como intrigante ousado. Tal homem, pensei, não poderia ignorar a maneira habitual de agir da polícia. Devia ter previsto – e os acontecimentos demonstraram que, de fato, previra – os assédios disfarçados a que estaria sujeito. Devia também ter previsto, refleti, as investigações secretas efetuadas em seu apartamento. Suas freqüentes ausências de casa, a noite, consideradas pelo delegado de polícia como coisa que viria contribuir, sem dúvida, para o êxito de sua empresa, eu as encarei apenas como astúcia, para que a polícia tivesse oportunidade de realizar uma busca completa em seu apartamento e convencer-se, o mais cedo possível, como de fato aconteceu, de que a carta não estava lá. Pareceu-me, também, que toda essa serie de idéias referentes aos princípios invariáveis da ação policial nos casos de objetos escondidos, e que tive certa dificuldade, há pouco, para explicar-lhe, pareceu-me que toda essa serie de idéias deveria, necessariamente, ter passado pelo espírito do ministro. Isso o levaria, imperativamente, a desdenhar todos os esconderijos habituais. Não poderia ser tão ingênuo que deixasse de ver que os lugares mais intrincados e remotos de seu hotel seriam tão visíveis como um armário para os olhos, as pesquisas, as verrumas e os microscópios do delegado. Percebi, em suma, que ele seria levado, instintivamente, a agir com simplicidade, se não fosse conduzido a isso por simples deliberação. Você talvez se recorde com que gargalhadas desesperadas o delegado acolheu, em nossa primeira entrevista, a minha sugestão de que era bem possível que esse mistério o perturbasse tanto devido ao fato de ser demasiado evidente.
- Sim, lembro-me bem de como ele se divertiu. Pensei mesmo que ele iria ter convulsões de tanto rir.
- O mundo material – prosseguiu Dupin – contém muitas analogias estritas com o imaterial e, desse modo, um certo matiz de verdade foi dado ao dogma retórico, a fim de que a metáfora, ou símile, pudesse dar vigor a um argumento, bem como embelezar uma descrição. O principio da vis inertiae, por exemplo, parece ser idêntico tanto na física como na matafisica. Não é menos certo quanto ao que se refere a primeira, que um corpo volumoso se põe em movimento com mais dificuldade do que um pequeno, e que o seu momentum subseqüente está em proporção com essa dificuldade, e que, quanto a segunda, os intelectos de maior capacidade, conquanto mais potentes, mais constantes e mais acidentados em seus movimentos do que os de grau inferior, são, não obstante, mais lentos, mais embaraçados e cheios de hesitação ao iniciar seus passos. Mais ainda: você já notou quais são os anúncios, nas portas das lojas, que mais atraem a atenção?
- Jamais pensei no assunto – respondi.
- Há um jogo de enigmas – replicou ele – que se faz sobre um mapa. Um dos jogadores pede ao outro que encontre determinada palavra – um nome de cidade, rio, Estado ou império -, qualquer palavra, em suma, compreendida na extensão variegada e intrincada do mapa. Um novato no jogo geralmente procura embaraçar seus adversários indicando nomes impressos com as letras menores; mas os acostumados ao jogo escolhem palavras que se estendem, em caracteres grandes, de um lado a outro do mapa. Estes últimos, como acontece com os cartazes excessivamente grandes existentes nas ruas, escapam a observação justamente por serem demasiado evidentes, e aqui o esquecimento material é precisamente análogo a desatenção moral que faz com que o intelecto deixe passar despercebidas considerações demasiado palpáveis, demasiado práticas. Mas esse e um ponto, ao que parece, que fica um tanto acima ou um pouco abaixo da compreensão do delegado. Ele jamais achou provável, ou possível, que o ministro houvesse depositado a carta bem debaixo do nariz de toda a gente, a fim de evitar que alguma daquela gente a descobrisse.
“Mas, quanto mais refletia eu sobre a temerária, arrojada e brilhante idéia de D..., pensando no fato de que ele devia ter sempre esse documento a mão, se é que pretendia empregá-lo com êxito e, ainda, na evidencia decisiva conseguida pelo delegado de que a carta não se achava escondida dentro dos limites de uma investigação ordinária, tanto mais me convencia de que, para ocultá-la, o ministro lançara mão do compreensível e sagaz expediente de não tentar escondê-la de modo algum.
“Convencido disso, muni-me de óculos verdes e, uma bela manhã, como se o fizesse por simples acaso, procurei o ministro em seu apartamento. Encontrei D... em casa, bocejando, vadiando e perdendo tempo como sempre, e pretendendo estar tomado do mais profundo ennui4. Ele, é, talvez, o homem mais enérgico que existe, mas isso unicamente quando ninguém o vê.
“Para estar de acordo com o seu estado de espírito, queixei-me de minha vista fraca e lamentei a necessidade de usar óculos, através dos quais examinava, com a máxima atenção e minuciosidade, o apartamento, enquanto fingia estar atento unicamente a conversa.
“Prestei atenção especial a uma ampla mesa, junto a qual ele estava sentado e onde se viam, em confusão, varias cartas e outros papeis, bem como um ou dois instrumentos musicais e alguns livros. Depois de longo e meticuloso exame, vi que ali nada existia que despertasse, particularmente, qualquer suspeita.
“Por fim, meus olhos, ao percorrer o aposento, depararam com um vistoso porta-cartas de papelão filigranado, dependurado de uma desbotada fita azul, presa bem no meio do consolo da lareira. Nesse porta-cartas, que tinha três ou quatro divisões, havia cinco ou seis cartões de visita e uma carta solitária. Esta ultima estava muito suja e amarrotada e quase rasgada ao meio, como se alguém, num primeiro impulso, houvesse pensado em inutilizá-la como coisa sem importância, mas, depois, mudado de opinião. Tinha um grande selo negro, com a inicial “D” bastante visível, e era endereçada, numa letra diminuta e feminina, ao próprio ministro. Estava enfiada, de maneira descuidada e, ao que parecia, ate mesmo desdenhosa, numa das divisões superiores do porta-cartas.
“Mal lancei os olhos sobre a carta, conclui que era aquela que eu procurava. Era, na verdade, sob todos os aspectos, radicalmente diferente da que o delegado os descrevera de maneira tão minuciosa. Na que ali estava, o selo era negro e a inicial um “D”; na carta roubada, o selo era vermelho e tinha as armas ducais da família S... Aqui, o endereço do ministro fora traçado com letra feminina muito pequena; na outra, o sobrescrito, dirigido a certa personalidade real, era acentuadamente ousado e incisivo. Somente no tamanho havia uma certa correspondência. Mas, por outro lado, a grande diferença entre ambas as cartas, a sujeira, o papel manchado e rasgado, tão em desacordo com os verdadeiros hábitos de D..., e que revelavam o propósito de dar a quem a visse a idéia de que se tratava de um documento sem valor, tudo isso, aliado a colocação bem visível do documento, que o punha diante dos olhos de qualquer visitante, ajustando-se perfeitamente as minhas conclusões anteriores, tudo isso, repito, corroborava decididamente as suspeitas de alguém que, como eu, para lá me dirigira com a intenção de suspeitar.
“Prolonguei minha visita tanto quanto possível e, enquanto mantinha animada conversa com o ministro, sobre um tema que sabia não deixara jamais de interessá-lo e entusiasmá-lo, conservei a atenção presa a carta. Durante esse exame, guardei na memória o aspecto exterior e a disposição dos papéis no porta-cartas, chegando, por fim, a uma descoberta que dissipou por completo qualquer dúvida que eu ainda pudesse ter. Ao observar atentamente as bordas do papel, verifiquei que as mesmas estavam mais estragadas do que parecia necessário. Apresentavam o aspecto irregular que se nota quando um papel duro, depois de haver sido dobrado e prensado numa dobradeira, é dobrado novamente em sentido contrário, embora isso seja feito sobre as mesmas dobras que constituíam o seu formato anterior. Bastou-me essa descoberta. Era evidente para mim que a carta fora dobrada ao contrário, como uma luva que se vira no avesso, sobrescrita de novo e novamente lacrada. Despedi-me do ministro e sai incontinenti, deixando uma tabaqueira de ouro sobre a mesa.
“Na manhã seguinte, voltei a procura de minha tabaqueira, ocasião em que reiniciamos, com bastante vivacidade, a conversa do dia anterior. Enquanto palestrávamos, ouvimos forte detonação de arma de fogo bem defronte do hotel, seguida de uma serie de gritos horríveis e do vozerio de uma multidão. D... precipitou-se em direção da janela, abriu-a e olhou para baixo. Entrementes, aproximei-me do porta-cartas, apanhei o documento, meti-o no bolso e o substituí por um fac-símile (quanto ao que se referia ao aspecto exterior) preparado cuidadosamente em minha casa, imitando facilmente a inicial “D” por meio de um selo feito de miolo de pão.
“O alvoroço que se verificara na rua fora causado pelo procedimento insensato de um homem armado de mosquete. Disparara-o entre uma multidão de mulheres e crianças. Mas, como a arma não estava carregada senão com pólvora seca, o individuo foi tomado por bêbado ou lunático, e permitiram-lhe que seguisse seu caminho. Depois que o homem se foi, D... retirou-se da janela, da qual eu também me aproximara logo após conseguir a carta. Decorrido um instante, despedi-me dele. O pretenso lunático era um homem que estava a meu serviço.”
- Mas o que pretendia você – perguntei – ao substituir a carta por um fac-símile? Não teria sido melhor, logo na primeira visita, tê-la apanhado de uma vez e ido embora?
- D... – respondeu Dupin – é homem decidido e de grande coragem. Alem disso, existem, em seu hotel, criados fieis aos seus interesses. Tivesse eu feito o que você sugere, talvez não conseguisse sair vivo de sua presença “ministerial”. A boa gente de Paris não ouviria mais notícias minhas. Mas, a parte estas considerações, eu tinha um fim em vista. Você sabe quais são minhas simpatias políticas. Nesse assunto, ajo como partidário da senhora em apreço. Durante dezoito meses, o ministro a teve a sua mercê. Agora, é ela quem o tem a ele, já que ele ignora que a carta já não está em seu poder e continuará a agir como se ainda a possuísse. Desse modo, encaminha-se, inevitavelmente, sem o saber, rumo a sua própria ruína política. Sua queda será tão precipitada quanto desastrada. Está bem que se fale do facilis descensus Averni5, mas em toda a espécie de ascensão, como dizia Catalini em seus cantos, é muito mais fácil subir que descer. No presente caso, não tenho simpatia alguma – e nem sequer piedade – por aquele que desce. E é esse monstrum horrendum - o homem genial sem princípios. Confesso, porém, que gostaria de conhecer o caráter exato de seus pensamentos quando, ao ser desafiado por aquela a quem o delegado se refere como “uma certa pessoa”, resolva abrir o papel que deixei em seu porta-cartas.
- Como! Você colocou lá alguma coisa particular?
- Ora, não seria inteiramente correto deixar o interior em branco... Seria uma ofensa. Certa vez, em Viena, D... me pregou uma peça, e eu lhe disse, bem-humorado, que não me esqueceria daquilo. De modo que, como sabia que ele iria sentir certa curiosidade sobre a identidade da pessoa que o sobrepujara em astúcia, achei que seria uma pena deixar de dar-lhe um indício. Ele conhece bem minha letra e, assim, apenas copiei, no meio da folha em branco, o seguinte:
Um dessein si funeste,
s’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyest.6
São palavras que podem ser encontradas em Atrée, de Crebillon.
EDGAR ALLAN POE
Notas:
1. Na sabedoria, nada mais odioso que julgar-se sábio.
2. Rebuscados.
3. “Há motivo para apostar que toda idéia pública, toda convenção recebida, é uma leviandade porque ela foi conveniente a maioria.”
4. Tédio.
5. Fácil e a descida para o inferno.
6. ...um projeto tão funesto, se não e digno de Atrée, e digno de Thyest.
(Sêneca)
Em Paris, justamente depois de escura e tormentosa noite, no outono de ano 18..., desfrutava eu do duplo luxo da meditação e de um cachimbo feito de espuma-do-mar, em companhia de meu amigo Auguste Dupin, em sua pequena biblioteca, ou gabinete de leitura, situado no terceiro andar da Rua Dunôt, 33, Faubourg Saint-Germain. Durante uma hora, pelo menos, mantínhamos profundo silêncio; cada um de nós, aos olhos de algum observador casual, teria parecido intensa e exclusivamente ocupado com as volutas de fumaça que tornavam densa a atmosfera do aposento. Quanto a mim, no entanto, discutia mentalmente certos tópicos que haviam constituído o assunto da conversa entre nós na primeira parte da noite. Refiro-me ao caso da Rua Morgue e ao mistério que envolvia o assassínio de Marie Rogêt. Pareceu-me, pois, quase que uma coincidência, quando a porta de nosso apartamento se abriu e entrou o nosso velho conhecido, Monsieur G..., delegado de polícia de Paris.
Recebemo-lo com cordialidade, pois havia nele tanto de desprezível como de divertido, e não o víamos havia já vários anos. Tínhamos estado sentados no escuro e, a entrada do visitante, Dupin se ergueu para acender a luz, mas sentou-se de novo sem o fazer, depois que G... nos disse que nos visitava para consultar-nos, ou melhor, para pedir a opinião de meu amigo sobre alguns casos oficiais que lhe haviam causado grandes transtornos.
- Se se trata de um caso que requer reflexão – disse Dupin -, desistindo de acender a mecha, será melhor examinado no escuro.
- Esta é outra de suas estranhas idéias – comentou o delegado, que tinha o costume de chamar “estranhas” todas as coisas que estavam além de sua compreensão e que, desse modo, vivia em meio de uma legião inteira de “estranhezas”.
- Exatamente – disse Dupin, enquanto oferecia um cachimbo ao visitante e empurrava para junto dele uma confortável poltrona.
- E qual é agora a dificuldade? – perguntei – Espero que não seja nada que se refira a assassínios.
- Oh, não! Nada disso! Trata-se, na verdade, de um caso muito simples, e não tenha dúvida de que podemos resolvê-lo satisfatoriamente. Mas, depois, pensei que Dupin talvez gostaria de conhecer alguns de seus pormenores, que são bastante estranhos.
- Um caso simples e estranho – comentou Dupin.
- Sim, realmente; mas por outro lado, não é nem uma coisa nem outra. O fato é que todos nós ficamos muito intrigados, pois, embora tão simples, o caso escapa inteiramente a nossa compreensão.
- Talvez seja a sua própria simplicidade que os desorienta – disse o meu amigo.
- Ora, que tolice – exclamou o delegado, rindo cordialmente.
- Talvez o mistério seja um pouco simples demais – disse Dupin.
- Oh, Deus do céu! Quem já ouviu tal coisa?
- Um pouco evidente demais.
O delegado de polícia prorrompeu em sonora gargalhada, divertindo-se a valer:
- Oh, Dupin, você ainda acaba por me matar de riso!
- E qual é, afinal de contas, o caso em apreço? – perguntei.
- Pois eu lhes direi – respondeu o delegado, refestelando-se na poltrona, enquanto tirava longa e meditativa baforada do cachimbo. – Direi tudo em poucas palavras; mas antes de começar, permitam-me recomendar que este caso exige o maior sigilo. Perderia, provavelmente, o lugar que hoje ocupo, se soubessem que eu o confiei a alguém.
- Continue – disse eu.
- Ou não diga nada – acrescentou Dupin.
- Bem. Recebi informações pessoais, de fonte muito elevada, de que certo documento da máxima importância foi roubado dos aposentos reais. Sabe-se quem foi a pessoa que o roubou. Quanto a isso, não há a menor dúvida; viram-na apoderar-se dele. Sabe-se, também, que o documento continua em poder da referida pessoa.
- Como se sabe disso? – indagou Dupin.
- E é coisa que se deduz claramente – respondeu o delegado – pela natureza de tal documento e pelo fato de não terem surgido certas conseqüências que surgiriam incontinenti, se o documento não estivesse ainda em poder do ladrão, isto é, se já houvesse sido utilizado com o fim que este ultimo se propõe.
- Seja um pouco mais explicito – pedi.
- Bem, atrevo-me a dizer que esse documento dá a quem o possua um certo poder, num meio em que tal poder é imensamente valioso.
O delegado apreciava muito as tiradas deplomaticas.
- Ainda não entendo bem – disse Dupin.
- Não? Bem. A exibição desse documento a uma terceira pessoa, cujo nome não mencionarei, comprometeria a honra de uma personalidade da mais alta posição, e tal fato concede a pessoa que possui o documento ascendência sobre essa personalidade ilustre, cuja honra e tranqüilidade se acham, assim, ameaçadas.
- Mas essa ascendência – intervim – depende de que o ladrão saiba que a pessoa roubada o conhece. Quem se atreveria...
- O ladrão – disse G... – é o Ministro D..., que se atreve a tudo, tanto o que é digno como o que é indigno de um homem. O roubo foi cometido de modo não só engenhoso como ousado. O documento em questão ... uma carta, para sermos francos, foi recebida pela personalidade roubada quando esta se encontrava a sós em seus aposentos. Quando a lia, foi subitamente interrompida pela entrada de outra personalidade de elevada posição, de quem desejava particularmente ocultar a carta. Após tentar as pressas, e em vão, metê-la numa gaveta, foi obrigada a colocá-la, aberta como estava, sobre uma mesa. O sobrescrito, porém, estava em cima e o conteúdo, por conseguinte, ficou resguardado. Nesse momento, entra o Ministro D... Seus olhos de lince percebem imediatamente a carta, e ele reconhece a letra do sobrescrito, observa a confusão da destinatária e penetra em seu segredo. Depois de tratar de alguns assuntos, na sua maneira apressada de sempre, tira do bolso uma carta parecida com a outra em questão, abre-a, finge lê-la e, depois, coloca-a bem ao lado da primeira. Torna a conversar, durante uns quinze minutos, sobre assuntos públicos. Por fim, ao retirar-se, tira de cima da mesa a carta que não lhe pertencia. Seu verdadeiro dono viu tudo, certamente, mas não ousou chamar-lhe a atenção em presença da terceira personagem, que se achava ao seu lado. O ministro retirou-se, deixando sua carta – uma carta sem importância - sobre a mesa.
- Ai tem você – disse-me Dupin – exatamente o que seria necessário para tornar completa tal ascendência: o ladrão sabe que a pessoa roubada o conhece.
- Sim – confirmou o delegado – e o poder conseguido dessa maneira tem sido empregado, há vários meses, para fins políticos, até um ponto muito perigoso. A pessoa roubada está cada dia mais convencida de que é necessário reaver a carta. Mas isso, por certo, não pode ser feito abertamente. Por fim, levada o desespero, encarregou-me dessa tarefa.
- Não lhe teria sido possível, creio eu – disse Dupin, em meio a uma perfeita espiral de fumaça -, escolher ou sequer imaginar um agente mais sagaz.
- Você me lisonjeia – respondeu o delegado -, mas é possível que haja pensado mais ou menos nisso.
-Está claro, como acaba de observar – disse eu -, que a carta se encontra ainda em poder do ministro, pois é a posse da carta, e não qualquer emprego da mesma, que lhe confere poder. Se ele a usar, o poder se dissipa.
- Certo – concordou G... – e foi baseado nessa convicção que principiei a agir. Meu primeiro cuidado foi realizar uma pesquisa completa no hotel em que mora o ministro. A principal dificuldade reside no fato de ser necessário fazer tal investigação sem que ele saiba. Além disso preveniram-se do perigo, caso ele venha a suspeitar de nosso propósito.
- Mas – disse eu – o senhor está perfeitamente a par dessas investigações. A polícia parisiense já fez isso muitas vezes, anteriormente.
- E é verdade. Por essa razão, não desesperei. Os hábitos do ministro me proporcionaram, sobretudo, uma grande vantagem. Com freqüência, passa a noite toda fora de casa. Seus criados não são numerosos. Dormem longe do apartamento de seu amo e, como quase todos são napolitanos, não é difícil fazer com que se embriaguem. Como sabe, tenho chaves que podem abrir qualquer aposento ou gabinete de Paris. Durante três meses, não houve uma noite sequer em que eu não me empenhasse, pessoalmente, em esquadrinhar o Hotel D... Minha honra está em jogo e, para mencionar um grande segredo, a recompensa é enorme. De modo que não abandonarei as pesquisas enquanto não me convencer inteiramente de que o ladrão é mais astuto do que eu. Creio haver investigado todos os cantos e esconderijos em que o papel pudesse estar oculto.
- Mas não seria possível – lembrei – que, embora a carta possa estar em poder do ministro, como indiscutivelmente está, ele a tenha escondido em outro lugar que sua própria casa?
- Pouco provável – respondeu Dupin. – A situação atual, particularíssima, dos assuntos da corte e principalmente as intrigas em que, como se sabe, D... anda envolvido, fazem da eficácia imediata do documento – da possibilidade de ser apresentado a qualquer momento – um ponto quase tão importante quanto a sua posse.
- A possibilidade de ser apresentado? – perguntei.
- O que vale dizer, de ser destruído – disse Dupin.
- E é certo – observei. – Não há dúvida de que o documento se encontra nos aposentos do ministro. Quanto a estar consigo próprio, guardado em seus bolsos, é coisa que podemos considerar como fora da questão.
- De acordo – disse o delegado. Por duas vezes, já fiz com que fosse revistado, sob minhas próprias vistas, por batedores de carteiras.
- Podia ter evitado todo esse trabalho – comentou Dupin. – D..., creio eu, não é inteiramente idiota e, assim, deve ter previsto, como coisa corriqueira, essas “revistas”.
- Não é inteiramente tolo – disse G... -, mas é poeta, o que o coloca não muito distante de um tolo.
- Certo – assentiu Dupin, após longa e pensativa baforada de seu cachimbo -, embora eu também seja culpado de certos versos...
- Que tal se nos contasse, com pormenores, como se processou a busca? – sugeri.
- Pois bem. Examinamos, demoradamente, todos os cantos. Tenho longa experiência dessas coisas. Vasculhamos o edifício inteiro, quarto por quarto, dedicando as noites de toda uma semana a cada um deles. Examinamos, primeiro, os moveis de cada aposento. Abrimos todas as gavetas possíveis, e presumo que os senhores saibam que, para um agente de polícia devidamente habilitado, não existem gavetas secretas. Seria um bobalhão aquele que permitisse que uma gaveta “secreta” escapasse a sua observação numa pesquisa como essa. A coisa é demasiado simples. Há um certo tamanho – um certo espaço – que se deve levar em conta em cada escrivaninha. Além disso, dispomos de regras precisas. Nem a qüinquagésima parte de uma linha nos passaria despercebida. Depois das mesas de trabalho, examinamos as cadeiras. As almofadas foram submetidas ao teste das agulhas, que os senhores já me viram empregar. Removemos a parte superior das mesas.
- Para que?
- As vezes, a parte superior de uma mesa, ou de outro móvel semelhante, é removida pela pessoa que deseja ocultar um objeto; depois, a perna é escavada, o objeto depositado dentro da cavidade e a parte superior recolocada em seu lugar. Os pés e a parte superior das colunas das camas são utilizados para o mesmo fim.
- Mas não se poderia descobrir a parte oca por meio de som? – perguntei.
- De modo algum, se quando o objeto lá colocado for envolto em algodão. Além disso, em nosso caso, somos obrigados a agir sem fazer barulho.
- Mas o senhor não poderia ter removido... não poderia ter examinado, peça por peça, todos os moveis em que teria sido possível ocultar alguma coisa da maneira a que se referiu. Uma carta pode ser transformada em minúscula espiral, não muito diferente, em forma e em volume, de uma agulha grande de costura e, desse modo, pode ser introduzida na travessa de uma cadeira, por exemplo. Naturalmente, o senhor não desmontou todas as cadeiras, não é verdade?
- Claro que não. Mas fizemos melhor: examinamos as travessas de todas as cadeiras existentes no hotel e, também, as juntas de toda a espécie de moveis. Fizemo-lo com a ajuda de poderoso microscópio. Se houvesse sinais de alterações recentes, não teríamos deixado de notar imediatamente. Um simples grão de pó de verruma, por exemplo, teria sido tão evidente como uma maçã. Qualquer alteração na cola – qualquer coisa pouco comum nas junturas – seria o bastante pra chamar-nos a atenção.
- Presumo que examinaram os espelhos, entre as tábuas e os vidros, bem como as camas, as roupas de cama, as cortinas e os tapetes.
- Naturalmente! E, depois de examinar desse modo, com a máxima minuciosidade, todos os móveis, passamos a examinar a própria casa. Dividimos toda a sua superfície em compartimentos, que eram por nos numerados, a fim de que nenhum pudesse ser esquecido. Depois, vasculhamos os aposentos palmo a palmo, inclusive as duas casas contiguas. E isso com a ajuda do microscópio, como antes.
- As duas casas contiguas?! – exclamei. – Devem ter tido muito trabalho!
- Tivemos. Mas a recompensa oferecida é, como já disse, muito grande.
- Incluíram também os terrenos dessas casas?
- Todos os terrenos são revestidos de tijolos. Deram-nos, relativamente, pouco trabalho. Examinamos o musgo existente entre os tijolos, verificamos que não havia nenhuma alteração.
- Naturalmente, olharam também os papeis de D... E os livros da biblioteca?
- Sem dúvida. Abrimos todos os pacotes e embrulhos, e não só abrimos todos os volumes, mas os folheamos página por página, sem que nos contentássemos com uma simples sacudida, como é hábito entre alguns de nossos policiais. Medimos também a espessura de cada encadernação, submetendo cada uma delas ao mais escrupuloso exame microscópico. Se qualquer encadernação apresentasse sinais de que havia sofrido alteração recente, tal fato nãos nos passaria despercebido. Quanto a uns cinco ou seis volumes, recém-chegados das mãos do encadernador, foram por nós cuidadosamente examinados, em sentido longitudinal, por meio de agulha.
- Verificaram os assoalhos, embaixo dos tapetes?
- Sem dúvida. Tiramos todos os tapetes e examinamos as tabuas do assoalho com o microscópio.
- E o papel das paredes?
- Também.
- Deram uma busca no porão?
- Demos.
- Então – disse eu – os senhores se enganaram, pois a carta não está na casa, como o senhor supõe.
- Temo que o senhor tenha razão quanto a isso, concordou o delegado. E agora, Dupin, que é que aconselharia fazer?
- Uma nova e completa investigação na casa.
- Isso é inteiramente inútil – replicou G... – Não estou tão certo de que respiro como de que a carta não esta no hotel.
- Não tenho melhor conselho para dar-lhe – disse Dupin. – O senhor, naturalmente, possui uma descrição precisa da carta, não é assim?
- Certamente!
E, aqui, tirando do bolso um memorando, o delegado de polícia pôs-se a ler, em voz alta, uma descrição minuciosa do aspecto interno e, principalmente, externo do documento roubado. Logo depois de terminar a leitura, partiu muito mais deprimido do que eu jamais o vira antes.
Decorrido cerca de um mês, fez-nos outra visita, e encontrou-nos entregues a mesma sobre assuntos corriqueiros. Por fim, perguntei:
- Então, Monsieur G..., que nos diz da carta roubada? Suponho que se convenceu, afinal, de que não é coisa simples ser mais astuto que o ministro...
- Que o diabo carregue o ministro! – exclamou. – Sim, realizei, apesar de tudo, um novo exame, como Dupin sugeriu. Mas trabalho perdido, como eu sabia que seria.
- Qual foi a recompensa oferecida, a que se referiu? – indagou Dupin.
- Ora, uma recompensa muito grande... muito generosa... Mas não me agrada dizer quanto, precisamente. Direi, no entanto, que não me importaria de dar, de meu cheque, cinqüenta mil francos a quem conseguisse obter essa carta. A verdade é que ela se torna, a cada dia que passa, mais importante... e a recompensa foi, ultimamente, dobrada. Mas, mesmo que fosse triplicada, eu não poderia fazer mais do que já fiz.
- Pois sim – disse Dupin, arrastando as palavras, entre as baforadas de seu cachimbo de espuma -, realmente... Parece-me... no entanto... G... que não se esforçou ao Maximo quanto a este assunto... Creio que poderia fazer um pouco mais, hein?
- Como? De que maneira?
- Ora (baforada), poderia (baforada) fazer uma consulta sobre este assunto, hein? (baforada). Lembra-se da historia que se conta a respeito de Abernethy?
- Não. Que vá para o diabo Albernethy!
- Sim, que vá para o diabo e seja bem recebido! Mas, certa vez, um avarento rico concebeu a idéia de obter de graça uma consulta de Abernethy. Com tal fim, durante uma conversa entre um grupo de amigos, insinuou o seu caso ao medico, como se se tratasse do caso de um individuo imaginário.
- “Suponhamos” – disse o avaro – “que seus sintomas sejam tais e tais. Nesse caso, que é que o doutor lhe aconselharia tomar?”
- “Tomar! Aconselharia, claro, que tomasse um conselho.”
- Mas – disse o delegado, um tanto desconcertado – estou inteiramente disposto a ouvir um conselho e a pagar por ele. Daria, realmente, cinqüenta mil francos a quem quer que me ajudasse nesse assunto.
- Nesse caso – respondeu Dupin, abrindo uma gaveta e retirando um livro de cheques – pode encher um cheque nessa quantia. Quando o houver assinado, eu lhe entregarei a carta.
Fiquei perplexo. O delegado parecia fulminado por um raio. Durante alguns minutos, permaneceu mudo e imóvel, olhando, incrédulo e boquiaberto, o meu amigo, com os olhos quase a saltar-lhe das orbitas. Depois, parecendo voltar, de certo modo, a si, apanhou uma caneta e, após varias pausas e olhares vagos, preencheu, finalmente, um cheque de cinqüenta mil francos, entregando-o, por cima da mesa, a Dupin. Este o examinou cuidadosamente e o colocou na carteira; depois, abrindo uma escrivaninha, tirou dela uma carta e entregou-a ao delegado de polícia. O funcionário apanhou-a tomado como que de um espasmo de alegria, abriu-a com mãos tremulas, lançou rápido olhar ao seu conteúdo e, depois, agarrando a porta e lutando por abri-la, precipitou-se, por fim, sem a menor cerimônia, para fora do apartamento e da casa, sem proferir uma única palavra desde o momento em que Dupin lhe pediu para preencher o cheque.
Depois de sua partida, meu amigo entrou em algumas explicações.
- A polícia parisiense – disse ele – é extremamente hábil a sua maneira. Seus agentes são perseverantes, engenhosos, astutos e perfeitamente versados nos ccnhecimentos que seus deveres parecem exigir de modo especial. Assim, quando G... nos contou, pormenorizadamente, a maneira pela qual realizou suas pesquisas no Hotel D..., não tive duvida de que efetuara uma investigação satisfatória... até o ponto a que chegou o seu trabalho.
- Até o ponto a que chegou o seu trabalho? – perguntei.
- Sim – respondeu Dupin. – As medidas adotadas não foram apenas as melhores que poderiam ser tomadas, mas realizadas com absoluta perfeição. Se a carta estivesse depositada dentro do raio de suas investigações, esses rapazes, sem dúvida, a teriam encontrado.
Ri, simplesmente – mas ele parecia haver dito tudo aquilo com a máxima seriedade.
- As medidas, pois – prosseguiu -, eram boas em seu gênero, e foram bem executadas; seu defeito residia em serem inaplicáveis ao caso e ao homem em questão. Um certo conjunto de recursos altamente engenhosos é, para o delegado, uma espécie de leito de Procusto, ao qual procura adaptar a força todos os seus planos. Mas, no caso em apreço, cometeu uma serie de erros, por ser demasiado profundo ou demasiado superficial, e muitos colegiais raciocinam melhor do que ele. Conheci um garotinho de oito anos cujo êxito como adivinhador, no jogo de “par ou impar”, despertava a admiração de todos. Este jogo é simples e se joga com bolinhas de vidro. Um dos participantes fecha na mão algumas bolinhas e pergunta ao outro se o numero é par ou impar. Se o companheiro acerta, ganha uma bolinha; se erra, perde uma. O menino a que me refiro ganhou todas as bolinhas de vidro da escola. Naturalmente, tinha um sistema de adivinhação que consistia na simples observação e no calculo da astucia de seus oponentes. Suponhamos, por exemplo, que seu adversário fosse um bobalhão que, fechando a mão, lhe perguntasse: “Par ou impar?” Nosso garoto responderia “impar”, e perderia; mas, na segunda vez, ganharia, pois diria com os seus botões: “Este bobalhão tirou par na primeira vez, e sua astucia e apenas suficiente para que apresente um numero impar na segunda vez. Direi, pois, impar”. Diz impar e ganha. Ora, com um simplório um pouco menos tolo que o primeiro, ele teria raciocinado assim: “Este sujeito viu que, na primeira vez, eu disse impar e, na segunda, proporá a si mesmo, levado por um impulso a variar de impar para par, como fez o primeiro simplório; mas, pensando melhor, acha que essa variação é demasiado simples, e, finalmente, resolve-se a favor do par, como antes. Eu, por conseguinte, direi par”. E diz par, e ganha. Pois bem. Esse sistema de raciocínio de nosso colegial, que seus companheiros chamavam sorte, o que era, em ultima analise?
- Simplesmente – respondi –uma identificação do intelecto do nosso raciocinador com o de seu oponente.
- De fato – assentiu Dupin – e, quando perguntei ao menino de que modo efetuava essa perfeita identificação, na qual residia o seu êxito, recebi a seguinte resposta: “Quando quero saber até que ponto alguém é inteligente, estúpido, bom ou mau, ou quais são os seus pensamentos no momento, modelo a expressão de meu rosto, tão exatamente quanto possível, de acordo com a expressão da referida pessoa e, depois, espero para ver quais os sentimentos ou pensamentos que surgem em meu cérebro ou em meu coração, para combinar ou corresponder a expressão”. Essa resposta do pequeno colegial supera em muito toda a profundidade espúria atribuída a Rochefoucauld, La Bougive, Maquiavel e Campanella.
- E a identificação – acrescentei – do intelecto do raciocinador com o do seu oponente depende, se é que o compreendo bem, da exatidão com que o intelecto deste último é medido.
- Em sua avaliação pratica, depende disso – confirmou Dupin. – E, se o delegado e toda a sua corte tem cometido tantos enganos, isso se deve, primeiro, a uma falha nessa identificação e, segundo, a uma apreciação inexata, ou melhor, a uma não apreciação da inteligência daqueles com quem se metem. Consideram engenhosas apenas as suas próprias idéias e, ao procurar alguma coisa que se ache escondida, não pensam senão nos meios que eles próprios teriam empregado para esconde-la. Estão certos apenas num ponto: naquele em que sua engenhosidade representa fielmente a da massa; mas, quando a astucia do malfeitor é diferente da deles, o malfeitor, naturalmente, os engana. Isso sempre acontece quando a astucia deste ultimo esta acima da deles e, muito freqüentemente, quando está abaixo. Não variam seu sistema de investigação; na melhor das hipóteses, quando são instigados por algum caso insólito, ou por alguma recompensa extraordinária, ampliam ou exageram os seus modos de agir habituais, sem que se afastem, no entanto, de seus princípios. No caso de D..., por exemplo, que fizeram para mudar sua maneira de agir? Que são todas essas perfurações, essas buscas, essas sondagens, esses exames de microscópio, essa divisão da superfície do edifício em polegadas quadradas, devidamente anotadas? Que é tudo isso senão exagero na aplicação de um desses princípios de investigação baseados sobre uma ordem de idéias referentes a esperteza humana, a qual o delegado se habituou durante os longos anos de exercício de suas funções? Não vê você que ele considera como coisa assente o fato de que todos os homens que procuram esconder uma carta utilizam, se não precisamente um orifício feito a verruma na perna de uma cadeira, pelo menos alguma cavidade, algum canto escuro sugerido pela mesma ordem de idéias que levaria um homem a furar a perna de uma cadeira? E não vê também que tais esconderijos tão recherches2 só são empregados em ocasiões ordinárias e por inteligências comuns? Porque, em todos os casos de objetos escondidos, essa maneira recherche de ocultar-se um objeto é, desde o primeiro momento, presumível e presumida – perspicácia, mas sim do simples cuidado, da paciência e da determinação dos que procuram. Mas, quando se trata de um caso importante – ou de um caso que, pela recompensa oferecida, seja assim encarado pela polícia – jamais essas qualidades deixaram de ser postas em ação. Você compreendera, agora, o que eu queria dizer ao afirmar que, se a carta roubada tivesse sido escondida dentro do raio de investigação do nosso delegado – ou, em outras palavras, se o principio inspirador estivesse compreendido nos princípios do delegado -, sua descoberta seria uma questão inteiramente fora de duvida. Este funcionário, porém, se enganou por completo, e a fonte remota de seu fracasso reside na suposição de que o ministro é um idiota, pois adquiriu renome de poeta. Segundo o delegado, todos os poetas são idiotas – e, neste caso, ele é apenas culpado de um non distributio medii, ao inferir que todos os poetas são idiotas.
- Mas ele é realmente poeta? – perguntei. – Sei que são dois irmãos, e que ambos adquiriram renome nas letras. O ministro, creio eu, escreveu eruditamente sobre o calculo diferencial. E é um matemático, e não um poeta.
- Você está enganado. Conheço-o bem. E é ambas as coisas. Como poeta e matemático, raciocinaria bem; como mero matemático, não raciocinaria de modo algum, e ficaria, assim, a mercê do delegado.
- Você me surpreende – respondi – com essas opiniões, que tem sido desmentidas pela voz do mundo. Naturalmente, não quererá destruir, de um golpe idéias amadurecidas durante tantos séculos. A razão matemática é há muito considerada como a razão par excellence.
- “Il y a a parier” – replicou Dupin, citando Chanfort - “que toute idée publique, toute convention recue, est une sottise, car elle a convenu au plus grande nombre.”3 Os matemáticos, concordo, fizeram tudo o que lhes foi possível para propagar o erro popular a que você alude, e que, por ter sido promulgado como verdade, não deixa de ser erro. Como uma arte digna de melhor causa, ensinaram-nos a aplicar o termo “análise” as operações algébricas. Os franceses são os culpados originários desse engano particular, mas, se um termo possui alguma importância – se as palavras derivam seu valor de sua aplicabilidade -, então análise poderá significar álgebra, do mesmo modo que em latim, ambitus significa ambição, religio, religião, ou homines honesti um grupo de homens honrados.
- Vejo que você vai entrar em choque com alguns algebristas de Paris – disse-lhe eu. – Mas prossiga.
- Impugno a validez e, por conseguinte, o valor de uma razão cultivada por meio de qualquer forma especial que não seja a lógica abstrata. Impugno, de modo particular, o raciocínio produzido pelo estudo das matemáticas. As matemáticas são a ciência da forma e da quantidade; o raciocínio matemático não é mais do que a simples lógica aplicada a observação da forma e da quantidade. O grande erro consiste em supor-se que até mesmo as verdades daquilo que se chama álgebra pura são verdades abstratas ou gerais. E esse erro é tão grande, que fico perplexo diante da unanimidade com que foi recebido. Os axiomas matemáticos não são axiomas de uma verdade geral. O que é verdade com respeito a relação – de forma ou quantidade – é, com freqüência, grandemente falso quanto ao que respeita a moral, por exemplo. Nesta última ciência, não é, com freqüência, verdade que a soma das partes seja igual ao todo. Na química, também falha o axioma. Na apreciação da força motriz, também falha, visto que dois motores, cada qual de determinada potencia, não possuem necessariamente, quando associados, uma potencia igual a soma de suas duas potências tomadas separadamente. Há numerosas outras verdades matemáticas que são somente verdades dentro dos limites da relação. Mas o matemático argumenta, por hábito, partindo de suas verdades finitas, como se estas fossem de uma aplicabilidade absoluta e geral – como o mundo, na verdade, imagina que sejam. Bryant, em sua eruditíssima Mitologia, refere-se a uma fonte análoga de erro, ao dizer que, “embora ninguém acredite nas fábulas do paganismo, nós, com freqüência, esquecemos isso, até o ponto de fazer inferência partindo delas, como se fossem realidades vivas”. Entre os algebristas, porém, que são, também eles, pagãos, as “fábulas pagãs” merecem crédito, e tais inferências são feitas não tanto devido a lapsos de memória, mas devido a um incompreensível transtorno em seus cérebros. Em suma, não encontrei jamais um matemático puro em quem pudesse ter confiança, fora de suas raízes e de suas equações; não conheci um único sequer que não tivesse como artigo de fé que x2 + px é absoluta e incondicionalmente igual a q. Se quiser fazer uma experiência, diga a um desses senhores que você acredita que possa haver casos em que x2 + px não seja absolutamente igual a q, e, logo depois de ter-lhe feito compreender o que você quer dizer com isso, fuja de suas vistas o mais rapidamente possível, pois ele, sem dúvida, procurará dar-lhe uma surra.
- O que quero dizer – continuou Dupin, enquanto eu não fazia senão rir-me destas ultimas observações – é que, se o ministro não fosse mais do que um matemático, o delegado de polícia não teria necessidade de dar-me este cheque. Eu o conhecia, por é m, como matemático e poeta, e adaptei a essa sua capacidade as medidas por mim tomadas, levando em conta as circunstâncias em que ele se achava colocado. Conhecia-o, também, não só como homem da corte, mas, ainda, como intrigante ousado. Tal homem, pensei, não poderia ignorar a maneira habitual de agir da polícia. Devia ter previsto – e os acontecimentos demonstraram que, de fato, previra – os assédios disfarçados a que estaria sujeito. Devia também ter previsto, refleti, as investigações secretas efetuadas em seu apartamento. Suas freqüentes ausências de casa, a noite, consideradas pelo delegado de polícia como coisa que viria contribuir, sem dúvida, para o êxito de sua empresa, eu as encarei apenas como astúcia, para que a polícia tivesse oportunidade de realizar uma busca completa em seu apartamento e convencer-se, o mais cedo possível, como de fato aconteceu, de que a carta não estava lá. Pareceu-me, também, que toda essa serie de idéias referentes aos princípios invariáveis da ação policial nos casos de objetos escondidos, e que tive certa dificuldade, há pouco, para explicar-lhe, pareceu-me que toda essa serie de idéias deveria, necessariamente, ter passado pelo espírito do ministro. Isso o levaria, imperativamente, a desdenhar todos os esconderijos habituais. Não poderia ser tão ingênuo que deixasse de ver que os lugares mais intrincados e remotos de seu hotel seriam tão visíveis como um armário para os olhos, as pesquisas, as verrumas e os microscópios do delegado. Percebi, em suma, que ele seria levado, instintivamente, a agir com simplicidade, se não fosse conduzido a isso por simples deliberação. Você talvez se recorde com que gargalhadas desesperadas o delegado acolheu, em nossa primeira entrevista, a minha sugestão de que era bem possível que esse mistério o perturbasse tanto devido ao fato de ser demasiado evidente.
- Sim, lembro-me bem de como ele se divertiu. Pensei mesmo que ele iria ter convulsões de tanto rir.
- O mundo material – prosseguiu Dupin – contém muitas analogias estritas com o imaterial e, desse modo, um certo matiz de verdade foi dado ao dogma retórico, a fim de que a metáfora, ou símile, pudesse dar vigor a um argumento, bem como embelezar uma descrição. O principio da vis inertiae, por exemplo, parece ser idêntico tanto na física como na matafisica. Não é menos certo quanto ao que se refere a primeira, que um corpo volumoso se põe em movimento com mais dificuldade do que um pequeno, e que o seu momentum subseqüente está em proporção com essa dificuldade, e que, quanto a segunda, os intelectos de maior capacidade, conquanto mais potentes, mais constantes e mais acidentados em seus movimentos do que os de grau inferior, são, não obstante, mais lentos, mais embaraçados e cheios de hesitação ao iniciar seus passos. Mais ainda: você já notou quais são os anúncios, nas portas das lojas, que mais atraem a atenção?
- Jamais pensei no assunto – respondi.
- Há um jogo de enigmas – replicou ele – que se faz sobre um mapa. Um dos jogadores pede ao outro que encontre determinada palavra – um nome de cidade, rio, Estado ou império -, qualquer palavra, em suma, compreendida na extensão variegada e intrincada do mapa. Um novato no jogo geralmente procura embaraçar seus adversários indicando nomes impressos com as letras menores; mas os acostumados ao jogo escolhem palavras que se estendem, em caracteres grandes, de um lado a outro do mapa. Estes últimos, como acontece com os cartazes excessivamente grandes existentes nas ruas, escapam a observação justamente por serem demasiado evidentes, e aqui o esquecimento material é precisamente análogo a desatenção moral que faz com que o intelecto deixe passar despercebidas considerações demasiado palpáveis, demasiado práticas. Mas esse e um ponto, ao que parece, que fica um tanto acima ou um pouco abaixo da compreensão do delegado. Ele jamais achou provável, ou possível, que o ministro houvesse depositado a carta bem debaixo do nariz de toda a gente, a fim de evitar que alguma daquela gente a descobrisse.
“Mas, quanto mais refletia eu sobre a temerária, arrojada e brilhante idéia de D..., pensando no fato de que ele devia ter sempre esse documento a mão, se é que pretendia empregá-lo com êxito e, ainda, na evidencia decisiva conseguida pelo delegado de que a carta não se achava escondida dentro dos limites de uma investigação ordinária, tanto mais me convencia de que, para ocultá-la, o ministro lançara mão do compreensível e sagaz expediente de não tentar escondê-la de modo algum.
“Convencido disso, muni-me de óculos verdes e, uma bela manhã, como se o fizesse por simples acaso, procurei o ministro em seu apartamento. Encontrei D... em casa, bocejando, vadiando e perdendo tempo como sempre, e pretendendo estar tomado do mais profundo ennui4. Ele, é, talvez, o homem mais enérgico que existe, mas isso unicamente quando ninguém o vê.
“Para estar de acordo com o seu estado de espírito, queixei-me de minha vista fraca e lamentei a necessidade de usar óculos, através dos quais examinava, com a máxima atenção e minuciosidade, o apartamento, enquanto fingia estar atento unicamente a conversa.
“Prestei atenção especial a uma ampla mesa, junto a qual ele estava sentado e onde se viam, em confusão, varias cartas e outros papeis, bem como um ou dois instrumentos musicais e alguns livros. Depois de longo e meticuloso exame, vi que ali nada existia que despertasse, particularmente, qualquer suspeita.
“Por fim, meus olhos, ao percorrer o aposento, depararam com um vistoso porta-cartas de papelão filigranado, dependurado de uma desbotada fita azul, presa bem no meio do consolo da lareira. Nesse porta-cartas, que tinha três ou quatro divisões, havia cinco ou seis cartões de visita e uma carta solitária. Esta ultima estava muito suja e amarrotada e quase rasgada ao meio, como se alguém, num primeiro impulso, houvesse pensado em inutilizá-la como coisa sem importância, mas, depois, mudado de opinião. Tinha um grande selo negro, com a inicial “D” bastante visível, e era endereçada, numa letra diminuta e feminina, ao próprio ministro. Estava enfiada, de maneira descuidada e, ao que parecia, ate mesmo desdenhosa, numa das divisões superiores do porta-cartas.
“Mal lancei os olhos sobre a carta, conclui que era aquela que eu procurava. Era, na verdade, sob todos os aspectos, radicalmente diferente da que o delegado os descrevera de maneira tão minuciosa. Na que ali estava, o selo era negro e a inicial um “D”; na carta roubada, o selo era vermelho e tinha as armas ducais da família S... Aqui, o endereço do ministro fora traçado com letra feminina muito pequena; na outra, o sobrescrito, dirigido a certa personalidade real, era acentuadamente ousado e incisivo. Somente no tamanho havia uma certa correspondência. Mas, por outro lado, a grande diferença entre ambas as cartas, a sujeira, o papel manchado e rasgado, tão em desacordo com os verdadeiros hábitos de D..., e que revelavam o propósito de dar a quem a visse a idéia de que se tratava de um documento sem valor, tudo isso, aliado a colocação bem visível do documento, que o punha diante dos olhos de qualquer visitante, ajustando-se perfeitamente as minhas conclusões anteriores, tudo isso, repito, corroborava decididamente as suspeitas de alguém que, como eu, para lá me dirigira com a intenção de suspeitar.
“Prolonguei minha visita tanto quanto possível e, enquanto mantinha animada conversa com o ministro, sobre um tema que sabia não deixara jamais de interessá-lo e entusiasmá-lo, conservei a atenção presa a carta. Durante esse exame, guardei na memória o aspecto exterior e a disposição dos papéis no porta-cartas, chegando, por fim, a uma descoberta que dissipou por completo qualquer dúvida que eu ainda pudesse ter. Ao observar atentamente as bordas do papel, verifiquei que as mesmas estavam mais estragadas do que parecia necessário. Apresentavam o aspecto irregular que se nota quando um papel duro, depois de haver sido dobrado e prensado numa dobradeira, é dobrado novamente em sentido contrário, embora isso seja feito sobre as mesmas dobras que constituíam o seu formato anterior. Bastou-me essa descoberta. Era evidente para mim que a carta fora dobrada ao contrário, como uma luva que se vira no avesso, sobrescrita de novo e novamente lacrada. Despedi-me do ministro e sai incontinenti, deixando uma tabaqueira de ouro sobre a mesa.
“Na manhã seguinte, voltei a procura de minha tabaqueira, ocasião em que reiniciamos, com bastante vivacidade, a conversa do dia anterior. Enquanto palestrávamos, ouvimos forte detonação de arma de fogo bem defronte do hotel, seguida de uma serie de gritos horríveis e do vozerio de uma multidão. D... precipitou-se em direção da janela, abriu-a e olhou para baixo. Entrementes, aproximei-me do porta-cartas, apanhei o documento, meti-o no bolso e o substituí por um fac-símile (quanto ao que se referia ao aspecto exterior) preparado cuidadosamente em minha casa, imitando facilmente a inicial “D” por meio de um selo feito de miolo de pão.
“O alvoroço que se verificara na rua fora causado pelo procedimento insensato de um homem armado de mosquete. Disparara-o entre uma multidão de mulheres e crianças. Mas, como a arma não estava carregada senão com pólvora seca, o individuo foi tomado por bêbado ou lunático, e permitiram-lhe que seguisse seu caminho. Depois que o homem se foi, D... retirou-se da janela, da qual eu também me aproximara logo após conseguir a carta. Decorrido um instante, despedi-me dele. O pretenso lunático era um homem que estava a meu serviço.”
- Mas o que pretendia você – perguntei – ao substituir a carta por um fac-símile? Não teria sido melhor, logo na primeira visita, tê-la apanhado de uma vez e ido embora?
- D... – respondeu Dupin – é homem decidido e de grande coragem. Alem disso, existem, em seu hotel, criados fieis aos seus interesses. Tivesse eu feito o que você sugere, talvez não conseguisse sair vivo de sua presença “ministerial”. A boa gente de Paris não ouviria mais notícias minhas. Mas, a parte estas considerações, eu tinha um fim em vista. Você sabe quais são minhas simpatias políticas. Nesse assunto, ajo como partidário da senhora em apreço. Durante dezoito meses, o ministro a teve a sua mercê. Agora, é ela quem o tem a ele, já que ele ignora que a carta já não está em seu poder e continuará a agir como se ainda a possuísse. Desse modo, encaminha-se, inevitavelmente, sem o saber, rumo a sua própria ruína política. Sua queda será tão precipitada quanto desastrada. Está bem que se fale do facilis descensus Averni5, mas em toda a espécie de ascensão, como dizia Catalini em seus cantos, é muito mais fácil subir que descer. No presente caso, não tenho simpatia alguma – e nem sequer piedade – por aquele que desce. E é esse monstrum horrendum - o homem genial sem princípios. Confesso, porém, que gostaria de conhecer o caráter exato de seus pensamentos quando, ao ser desafiado por aquela a quem o delegado se refere como “uma certa pessoa”, resolva abrir o papel que deixei em seu porta-cartas.
- Como! Você colocou lá alguma coisa particular?
- Ora, não seria inteiramente correto deixar o interior em branco... Seria uma ofensa. Certa vez, em Viena, D... me pregou uma peça, e eu lhe disse, bem-humorado, que não me esqueceria daquilo. De modo que, como sabia que ele iria sentir certa curiosidade sobre a identidade da pessoa que o sobrepujara em astúcia, achei que seria uma pena deixar de dar-lhe um indício. Ele conhece bem minha letra e, assim, apenas copiei, no meio da folha em branco, o seguinte:
Um dessein si funeste,
s’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyest.6
São palavras que podem ser encontradas em Atrée, de Crebillon.
EDGAR ALLAN POE
Notas:
1. Na sabedoria, nada mais odioso que julgar-se sábio.
2. Rebuscados.
3. “Há motivo para apostar que toda idéia pública, toda convenção recebida, é uma leviandade porque ela foi conveniente a maioria.”
4. Tédio.
5. Fácil e a descida para o inferno.
6. ...um projeto tão funesto, se não e digno de Atrée, e digno de Thyest.
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